Ser demócratas

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ISABELLE CHAQUIRIAND
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El pasado 10 de febrero, The Economist publicó el Democracy Index 2021, un ranking que mide el estado de la democracia en 167 países. Uruguay se ubicó entre las únicas 21 democracias plenas que hay en el mundo, concretamente en la posición 13ª.

Sin embargo, hace unos días, en una entrevista en el marco del referéndum del próximo 27 de marzo, el diputado del Partido Colorado Felipe Schipani dijo que esta es la campaña “más sucia que recuerde en años”. Y creo que varios estamos de acuerdo con esta afirmación. Pero no es un hecho aislado. Basta hacer una recorrida por las últimas campañas electorales para cuestionarse qué tanto estamos cuidando la democracia en nuestro país.

El fundamento básico del sistema democrático según Aristóteles es la libertad, entre otras cosas de ser gobernado y gobernar alternativamente. Pero también el de vivir como se quiera. Eso significa aceptar que hay diversos modos de vida y que lo propio de la mentalidad democrática es respetarlos y potenciarlos, mientras otras formas de gobierno las combaten y promueven la uniformidad de costumbres.

Pero nunca tenemos que olvidar que el orden político de una democracia no es más que un medio, no la democracia en sí misma. El sufragio universal, la responsabili- dad de los elegidos ante los electores, no son el objetivo final. No tienen valor absoluto, no son más que los mejores medios ideados en una época histórica particular, para poder realizar ese ideal democrático.

El fundamento de la democracia es la fe en la capacidad de la inteligencia humana, en generar las capacidades para que cada individuo tenga la posibilidad de ofrecer la contribución de que es capaz, y de que el valor de su contribución tiene que ser determinado por su lugar y su función en el todo orgánico. Y por eso es que la relación entre democracia y educación es sumamente estrecha, donde cada ciudadano tiene derechos pero también deberes inherentes a la condición de miembro de la sociedad.

Ortega y Gasset es quien acuña la conocida frase “yo soy yo, y mi circunstancia”. Pero también hay una segunda parte menos conocida de esa frase que dice “y si no la salvo a ella, tampoco me voy a salvar yo”. La circunstancia de cada uno son su historia, sus ideas, pero también su entorno y la gente que lo rodea. Mi “yo” no basta. A diferencia de los sabios orientales que se las arreglan solos, se van a un monte, meditan, sufren transformaciones íntimas en soledad, en la sociedad occidental se dialoga más con el conocimiento, de alguna manera se va cuestionando lo que se sabe o lo que se cree saber, uno y los otros. Aunque nos retiremos a un monte como los sabios orientales, no basta con que logremos de alguna manera alcanzar lo que cree-mos es la perfección personal si no hemos logrado levantar y salvar la circunstancia que nos rodea. Nuestra comunidad, nuestro país, nuestro mundo. Y para eso, en un real ser y creer democrático se requiere tolerancia como condición necesaria. Pero no es aún suficiente. Se tiene que valorar esa diversidad de opiniones, que es allí donde radica la contribución de cada uno.

No deberíamos tentar tanto a los índices y confiarnos en los resultados de publicaciones. Deberíamos cuidar, ca- da uno desde su lugar, el verdadero valor del ser democráticos.

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