Se puede, pero hacerlo

No creo en la consigna de que no decir nada es complicidad. Siempre me resultó una idea profundamente autoritaria: la pretensión de exigirle al mundo entero que tenga mi misma sensibilidad moral, mis mismas prioridades y mis mismas urgencias. Es natural -y saludable- que a algunas personas las movilicen ciertas causas y a otras, otras. Nadie está obligado a pronunciarse sobre todas las tragedias del planeta.

Pero una cosa es el silencio honesto y otra muy distinta el súbito despertar moral. Desde el sábado a la mañana irrumpieron, casi en estampida, miles de activistas por la soberanía, las instituciones y la autodeterminación del pueblo de Venezuela. Personas y partidos que durante años no dijeron una palabra hoy descubrieron, con tono grave, que en Caracas hay problemas graves.

El argumento estrella de este aluvión de sensibilidad caribeña suena muy bien: “se puede condenar a Trump y a Maduro al mismo tiempo”, o su variante elegante, “condenar la intervención no es legitimar a Maduro”. Claro que se puede. El problema es que no lo hacen. No condenan al dictador y sí aterrorizan con Trump.

La izquierda uruguaya legitimó al régimen chavista durante años. Incluso hoy, en plena decadencia de la dictadura, el Frente Amplio aprueba en el Parlamento mociones prolijas para condenar a Estados Unidos, a Donald Trump, o a cualquier demonio útil del Norte, pero cuidadosamente mudas ante el criminal que gobernó Caracas hasta hace apenas días. Los legisladores frenteamplistas se acuerdan de todo menos del asesino.

El recorrido es conocido. Primero, plazas llenas para aclamar a Hugo Chávez mientras ganaba elecciones y regalaba petróleo, aunque cerrara medios opositores. Después, una distancia pudorosa cuando el régimen empezó a asesinar de a cientos en las calles y a torturar a miles en centros como El Helicoide. Más tarde, el cómodo refugio en la frase “es complejo” cuando en 2024 se robaron elecciones a plena luz del día. Neutralidad moral disfrazada de prudencia diplomática. La política exterior uruguaya, mientras gobernó la izquierda, acompañó ese derrotero. Las recientes declaraciones del canciller Mario Lubetkin, criticando el Nobel otorgado a María Corina Machado y jugando a “bajar tensiones”, son una vergüenza.

Hablar hoy de la “soberanía de Venezuela” sin contexto roza el cinismo. Esa soberanía está hace años netrada por Cuba, financieramente condicionada por China y con una presencia inexplicable de Irán. El epicentro de narcotráfico y desestabilización regional que ese gobierno representó nunca les preocupó. Tampoco la autodeterminación popular, pisoteada por usurpadores armados que violaron la voluntad ciudadana de forma largamente documentada.

Claro que lo ocurrido el sábado genera preocupaciones, obvio que EE. UU. tiene intereses políticos y económicos. Ni siquiera sabemos cómo terminará esto. Pero analizar el 3 de enero sin hablar de nada de lo anterior es en el mejor de los casos una frivolidad, y en el peor, complicidad con la dictadura. Claro que se puede condenar a Trump y a Maduro, el problema es que no lo hacen. Condenar a Maduro honestamente implicaría una incomodísima introspección.

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