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tomás linn
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Los frentistas tienen esa rara habilidad, ya sobre la hora y casi sin esperanzas, de remontar una situación adversa y darla vuelta. Lo llaman precisamente así: “las remontadas”.

Tal vez eso explique la prudencia con que analistas, encuestadores y politólogos enfrentan sus diagnósticos respecto al referéndum a celebrarse la semana que viene. Se cuidan porque entienden que más allá de toda lógica y racionalidad, hay imponderables que terminan siendo más fuertes.

Por otro lado, es tal el cúmulo de errores, de contradicciones, de absurdos en que han caído los promotores del voto por Sí, que parecería racionalmente imposible que ganen… y sin embargo.

Sería de sentido común preguntarse para qué embarcaron al país en esta aventura cuando no pueden mantener uno solo de sus argumentos por más de cinco minutos.

Da la impresión que quieren derogar alguna ley, sí, pero no la LUC. Hablan, discuten, razonan sobre algo que nada tiene que ver con la ley a la que dicen oponerse. Quienes los escuchan tienen la rara sensación de haber entrado a la sala de cine equivocada. Creían que iban a ver una película y terminaron viendo otra. Al final salen confundidos y molestos. Sienten que alguien les está haciendo perder el tiempo.

Cada uno de los argumentos de los promotores del Sí fueron refutados de modo contundente. Debieron reconocer que las cosas no eran como decían. No hay privatización de la enseñanza pública, la portabilidad numérica es un beneficio para quienes usan celular y no perjudica a Antel (de hecho la benefició), la modificación de la ley de alquileres agrega un elemento más para quienes lo consideren útil pero no cambia lo ya existente que es el mecanismo que usa y seguirá usando el grueso de la población, no se atenta contra el derecho a la huelga y sí se reivindica el derecho a trabajar de quien así lo prefiera.

Estos son hechos irrefutables al punto que el debate real sobre la ley terminó antes de que empezaran los debates televisados. Hace meses que no hay más nada que decir.

Es tal el deterioro de la campaña por el Sí que sus organizadores ya ni siquiera intentan convencer a que se vote por su papeleta. Dedican horas y esfuerzo a pedir que por lo menos, en lugar de votar en blanco, se anule el voto. Y lo hacen con desparpajo, sin percatarse que se trata de un discurso derrotista, resignado a perder.

Entre aquellos que siendo frentistas no quieran votar por Sí, habrá quienes anulen su voto. Pero la gente conoce bien la diferencia entre un voto anulado y un voto en blanco y por lo tanto sabe por qué quiere votar en blanco. El resultado buscado es otro y es el que prefieren los que optan por el voto en blanco respecto al anulado.

A diferencia de las consultas populares realizadas antes del triunfo frentista de 2004, el clima del país hoy es diferente. En aquellos años, a los gobiernos les implicaba un alto costo político defender sus leyes, que eran descalificadas por la oposición como “neoliberales”, un calificativo que tenía una carga insultante y peyorativa. La estrategia de los gobiernos era mantener perfil bajo y esperar los resultados que por lo general fueron negativos, aunque no en todos los casos. En aquellos años, en mis columnas solía decir que los gobiernos, muy calladitos dejaban la ley en el umbral de la puerta, se retiraban y que pasara lo que debiera pasar. La timidez, el miedo, eran insoportables.

Hoy la situación es otra. En primer lugar el gobierno de coalición está decidido a defender su ley y lo hace por la mejor de las razones: cree que es buena y así lo expresa con orgullo. Por eso, los partidos de la coalición recorren el país y encuentran una respuesta entusiasta de la gente que tampoco siente vergüenza en defender la ley.

Ese entusiasmo se multiplica con creces a través de las redes.

Ello no significa que los defensores del Sí estén inactivos. Es proverbial su espíritu militante. Pero a diferencia de lo que sucedía antes de 2004, ahora no tienen la cancha solo para ellos. Hay una contraparte que se hace escuchar.

Por último queda el tema de la popularidad del presidente y la amplia aceptación que tiene su gestión. Es llamativamente alta y por lo tanto es un dato a tener en cuenta.

¿Por qué la gente querría quitar al presidente una ley que es su principal instrumento de trabajo, si entiende que está haciendo bien las cosas?

La oposición política y sindical no termina de darse cuenta que con la elección de 2019 emergió un presidente con fuerte liderazgo, carismático, empático con la gente y con una innegable sensibilidad popular. A muchos frentistas les cuesta entenderlo porque en su concepción de la política, solo ellos tienen el monopolio de lo popular.

Los hechos están demostrando que no es así. La ley que buscan derogar tiene muchos elementos que responden a fuertes reclamos populares.

Por eso vuelvo a lo del principio. Si no fuera porque el Frente muchas veces sorprende con su capacidad de remontar situaciones adversas, la racionalidad (tantas veces esquiva) debería estar anunciando un resultado claro.

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