¿Quién se anima?

Con la ocupación de la planta de Ancap en Paysandú, empezaron esta semana las medidas sindicales que cuestionan el plan de reestructura que la empresa anuncia para el negocio del Portland, deficitario desde hace al menos dos décadas.

El sindicato, o sea la Federación de Trabajadores de Ancap (Fancap), no acepta esa propuesta y todo indica que ninguna otra le sirve y menos aún el cierre definitivo de esa área de producción, que es lo que habría que hacer para frenar de una buena vez su montruoso drenaje de plata.

Por más que el sindicato proteste, no son sus afiliados quienes se hacen cargo de las pérdidas. Ese inmenso déficit lo cubren los ciudadanos. Lo hacen cada vez que pagan el boleto de un bus o el pasaje de un servicio interdepartamental, cada vez que toman un taxi, cada vez que le ponen nafta al auto.

Al precio que naturalmente correspondería, se le agrega al combustible otro importe que permite subsidiar una actividad que no es productiva y no deja nada más que un enorme agujero.

A esta altura lo sensato es poner fin de una buena vez a la producción de portland. Después de más de 20 años intentando aplicar diferentes soluciones, es evidente que no tiene sentido seguir volcando dinero y esfuerzo a producir algo que no es fundamental para la seguridad nacional, más cuando ya hay empresas que lo hacen bien y no pierden dinero.

Los sindicalistas se enojan y posan de víctimas, pero no son ellos los que pierden. Si la planta llegara a cerrar, Ancap los reabsorberá y las dará un destino en otro lugar. Es bien sabido que en este país un empleado público nunca pierde su trabajo. Eso de la “inamovilidad”, existe.

Con estos paros (y tantas otros que se toman) los sindicatos de empleados públicos, más que medidas “sorpresivas y distorsivas” como las llaman, ejercen una suerte de extorsión. O se hace lo que ellos exigen o el conflicto ira subiendo de modo escalonado; será peor.

Por eso nunca se termina de arreglar lo de Ancap. Los distintos directorios temen una virulenta respuesta sindical que paralice por largo rato toda la actividad de la empresa. Es en ese sentido que más que distorsivas, las medidas son extorsivas.

El argumento es siempre el mismo y con eso se trata de seducir a la población para que adhiera a su causa. “Hay que defender estas empresas públicas porque son nuestras”. Además de que en lugar de defenderlas le hacen más daño, eso de que “son nuestras” termina siendo relativo.

Con su consigna quieren pasar el mensaje de que son de todos los uruguayos, cuando en realidad lo que están diciendo es que “son nuestras de los empleados sindicalizados”. Porque realmente actúan como si fueran los dueños.

Si se mira lo que ha estado pasando en estos últimos tiempos en el puerto o en Conaprole, además de Ancap, la gente más bien parece percibir que los conflictos sindicales, no solo afectan su vida cotidiana, sino que lindan en lo delirante. Parecen medidas suicidas ya que corren serio peligro de dañar irreversiblemente la actividad que les da empleo.

Crece en la población un fastidio generalizado contra los sindicatos, aunque nadie se anima a decirlo. La mayoría de la gente se siente rehén de sus caprichos. A veces parecen estar por encima del gobierno y en su soberbia, se han puesto por encima de la gente.

La convocan para un plebiscito sobre asuntos que ellos promueven y como les sale mal, buscan la forma de desconocer el resultado de esa consulta para salirse igual con la suya.

Hay una deshonestidad implícita en esas conductas cuya consecuencia es hacerle un enorme daño al país. Lo que no es aceptable es que los gobiernos cedan ante tanto chantaje. En especial los gobiernos de signo frentista, en los que desde quien preside la fuerza política hasta algunos ministros y legisladores, son en realidad dirigentes sindicales.

No es casualidad que tanta gente afirme que quien manda en el Frente Amplio son los sindicatos.

Encerrados en ese mundillo asfixiante y obnubilados por su rigidez ideológica, los sindicatos viven por fuera de la realidad. O quizás algo peor: actúan de eso modo porque creen que, a partir del deterioro y destrucción del país, podrán crear un nuevo régimen político.

Lo asombroso es que esa fórmula se aplicó en otras partes del mundo y no dio resultado,

Empobreció a la gente, violó sus derechos esenciales y eliminó todo vestigio de libertad.

¿Quién entonces se animará a hacerle frente a estos delirantes que, aunque se hagan daño a sí mismo y a sus afiliados, poco les importa si al final logran perjudicar al país?

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