¿Quién educó a Varela?

José Pedro Varela era un hombre culto para su tiempo, y lo seguiría siendo hoy. Con apenas veinte años publicaba en La Revista Literaria de Montevideo. Escribía poesía y se sentía orgulloso de ella. Durante el viaje a París que hizo a los 22 años, consiguió ser recibido por Víctor Hugo y leerle algunas de sus creaciones (Víctor Hugo era en aquel entonces uno de los escritores más célebres de Europa). Su libro La educación del pueblo, publicado antes de cumplir los treinta, lo muestra familiarizado con una amplia bibliografía jurídica y pedagógica.

Su diario personal y su correspondencia dejan ver a un lector voraz y multidireccional. Además, manejaba idiomas. Su biblioteca, que se conserva parcialmente en el Museo Pedagógico, confirma que era un lector asiduo de libros en francés y en inglés. Todo esto en un hombre que desde muy joven tuvo que trabajar en el negocio familiar (una barraca de madera) porque había que generar ingresos.

Montevideo era en aquel tiempo una ciudad chica. Según un censo realizado en 1860, cuando Varela tenía 15 años, la población del casco urbano más la zona rural vecina rondaba los 60 mil habitantes. Todos hubieran entrado en el Estadio Centenario. Era además una ciudad muy alejada de los grandes centros de actividad económica y académica.

¿De dónde salió el entrenamiento intelectual y el bagaje cultural de un hombre como Varela, nacido y crecido en esa sociedad pequeña y periférica? La respuesta repetida mil veces es que fue un autodidacta. Y esa afirmación encierra una cuota de verdad, como lo prueba el hecho de que nunca haya ido a la universidad. Pero hasta para ser autodidacta hace falta un entorno.

Por lo pronto, hay que saber leer, escribir y haber desarrollado ciertos hábitos básicos de concentración y disciplina. Esas son habilidades que solemos aprender de otros. También hacen falta (o al menos así eran las cosas en aquel mundo anterior a Internet) libros que nos enseñen, imprentas que los editen o libreros que los importen, y clientes que los compren en cantidad suficiente como para que las imprentas y las librerías puedan subsistir. ¿De dónde salió todo ese entramado si, como repite una versión muy extendida, Varela nació en un país bárbaro y violento?

La pregunta se vuelve más intrigante cuando observamos que no era el único caso. Unas cuantas figuras de nuestra historia fueron gente mediana o altamente instruida para los estándares de la época. ¿Cómo se explica la presencia de personajes cultos, políglotas y bien informados todo a lo largo del siglo XIX? ¿Cómo pudo ocurrir que esos personajes no fueran casos aislados, sino protagonistas de un formidable debate de ideas? ¿Cómo entender que buena parte de esa historia haya transcurrido antes de la reforma de José Pedro Varela?

El intento de contestar estas preguntas exige mirar la historia de nuestra enseñanza con ojos despejados. Cuando hacemos ese esfuerzo descubrimos, por ejemplo, que el período colonial estuvo lejos de ser una siesta larga e improductiva. No fue una época tan inmóvil como a veces se cree, ni tan desligada de lo que vino después. Más bien al contrario, fue un tiempo de construcción y acumulación en el que se sentaron las bases de desarrollos posteriores.

Sin duda tuvo sus luces y sus grandes sombras, pero en esa época se fueron consolidando tendencias que fueron marcando un rumbo reconocible hasta hoy.

En cuanto al siglo XIX, es un error mirarlo con desdén por haber sido tumultuoso y violento. La violencia sin duda existió, pero no era todo lo que había. En un país en plena construcción, aquellos conflictos convivieron con múltiples esfuerzos por organizar la producción, hacer funcionar las instituciones, fortalecer la educación y desarrollar el debate de ideas. Frecuentemente, en esos esfuerzos estuvieron involucrados los mismos que recurrían a las armas para resolver sus diferencias.

Aquel siglo fue dramático, pero también vital y fecundo. Por debajo de rupturas importantes y de enfrentamientos feroces, hubo continuidades que permitieron construir sobre lo construido.

Nuestra tradición educativa, de la que nos sentimos legítimamente orgullosos, no empezó a fines del siglo XIX sino unos 150 años antes. Somos herederos de una historia bastante más larga de lo que solemos creer. Y todo fue más interesante desde el principio. Sin conocer lo que ocurrió durante la colonia no puede entenderse lo que pasó en el correr del siglo XIX, y sin conocer lo que aconteció en ese siglo no podemos entender cómo Varela pudo ser el hombre educado y culto que impulsó la reforma de 1876.

Ampliar la mirada exige liberarnos de muchos preconceptos. Nuestros ancestros no fueron tan bárbaros, ni tan ignorantes ni tan despreocupados por la educación como se ha repetido. Cuando vamos a la documentación de época con una mirada libre de prejuicios, empiezan a surgir cosas que no nos habían contado, o que nos habían contado de una manera sesgada e incompleta. Vale la pena el intento.

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