Esta semana Leo Sarro colgó un video, a la vez cómico y trágico, en su Twitter. En una tertulia radial, un politólogo bolche criticaba a otro de origen bolche (pero que hace años funge de civilizado). Lo acusaba de estar “del lado carnero de la vida”, es decir, de situarse en un lugar deleznable alcahuete de la burguesía, por afirmar que no debía haber más paros en la educación.
Por un lado, parecía un diálogo inspirado en aquellos formidables de Almada y Espalter: es cómico, por lo absurdo, que alguien que por su legitimidad académica debiera de ser consciente de la tragedia educativa que arrastra el Uruguay desde hace tres décadas, exprese tan orondo y resuelto su torpeza analítica defendiendo a la huelga como un instrumento eficaz, cuya utilización actual en la educación no debiera de ser cuestionada. Por otro lado, es trágico que desde esos lugares tan relevantes se sigan reproduciendo este tipo de expresiones-sandeces, que enquistan el avance del país.
También, esta semana una de las noticias más leídas de El País digital fue acerca de los requisitos del gobierno de Irlanda para poder beneficiarse de hasta 76.000 dólares para radicarse en algunas de sus islas más deshabitadas. ¿Por qué esa gran curiosidad sobre destinos de emigración tan lejanos? Porque, como casi todos los años y desde hace ya décadas, muchos uruguayos se siguen yendo a vivir al exterior, y lo hacen en número mayor que el de los que deciden volver.
Puede haber varios motivos para ese éxodo, pero uno se destaca más que el resto: el económico, es decir, las mayores chances que hay en países como, por ejemplo, Estados Unidos o España, para salir adelante trabajando y poder ahorrar para formar y mantener una familia. En una palabra, para vivir mejor que en Uruguay. Es un razonamiento nada extraño, además, para un país hecho de inmigrantes como el nuestro, cuyos bisabuelos así pensaron cuando decidieron emigrar hacia Uruguay en los siglos XIX y XX.
Si por un lado el debate académico y mediático en algo tan fundamental como la enseñanza, no logra un consenso sobre la tragedia de nuestro estancamiento y acepta argumentos tontos sin mayor queja; y si por el otro, de manera discreta pero pertinaz, muchos uruguayos siguen creyendo que su mejor suerte está en el exterior, el resultado es un callejón sinsentido. Porque no es posible construir un país mejor capaz de dar esas oportunidades que tantos uruguayos buscan en el exterior, si no hay más crecimiento económico. Y no es posible tampoco, con nuestra estructura demográfica y nuestra matriz productiva, lograr ese mayor crecimiento constante y de largo plazo, sin un aumento general del nivel educativo que haga llegar, incluso y sobre todo a las clases populares, mejoras concretas en su nivel de vida.
Si ante un planteo de sentido común en un diálogo de círculo docto, que dice que no hay que hacer más huelgas en la educación porque cada día de clases perdido hace un daño enorme al país -daño que se traduce, por ejemplo, en un éxodo relativo mayor de uruguayos jóvenes y con ganas de progresar-; el contraargumento, bobalicón, encerrado y verde de mate lavado por lustros de endogamia mediocre de comité de base, es un ñañaña carnero, entonces avanzar costará, siempre, un Perú. Por eso lo del título: qué difícil todo.