Cuando el USS Nimitz entró en servicio, Yamandú Orsi iba a la escuela. Era mayo de 1975. Tres días antes había caído Saigón. La imagen del helicóptero sobre una azotea quedaría como postal de la mayor derrota de EE.UU. en la Guerra Fría.
En Uruguay, el Frente Amplio llevaba dos años proscripto y la dictadura ya formaba parte de una lógica represiva regional, respaldada por Estados Unidos, que se formalizaría como la Operación Cóndor. Medio siglo más tarde, un presidente frenteamplista subió a ese mismo portaaviones por conveniencia, admitió, y frente al riesgo de un aumento de aranceles, dijo un senador oficialista.
La discusión viró enseguida hacia un lugar recurrente: la inconformidad de una parte de la izquierda que pide más izquierda por pureza ideológica, sin entender que cuanto más reclama, más difícil le resulta gobernar, retener o recuperar el poder. El frente está en otro lado. No entender cómo se empujan y se desafían Estados Unidos y China es no entender buena parte del mundo de hoy. China se volvió más rica, más capaz y más asertiva. Aprendió tanto de EE.UU. que empezó a ganarle en ámbitos que Washington consideraba propios. La rivalidad se concentra hoy en tres frentes: energía, tecnología y desdolarización.
Trump mira la relación de forma cortoplacista, como un mal negocio pendiente de renegociación. Xi Jinping la considera una carrera histórica. La semana próxima se verán las caras en Pekín en una reunión que, pase lo que pase, generará titulares más que movimientos de fondo. Pekín juega un partido más largo. Sostener un sistema que controla a 1.400 millones de personas exige mantener abiertas las cadenas de suministro globales, fijar estándares propios y convencer al resto de que el futuro no pasa necesariamente por Washington. Uruguay aparece en esa disputa con la misma inevitabilidad que los demás países. Ser pequeño, lejano y prudente, como para no convertirse en una obsesión, genera una comodidad que sirve de refugio y de anestesia.
En febrero, el gobierno viajó a Pekín con una delegación numerosa. El ministro de Economía habría dicho, después, ante empresarios, que la presión estadounidense para que Uruguay “rompa” su relación comercial con China era “inimaginable” e “insostenible”. Leer todo esto como una presión unilateral de Estados Unidos sería cómodo. También sería equivocado. China presiona con menos ruido y más paciencia.
Panamá ofrece el caso más visible: en la disputa por infraestructura portuaria vinculada a intereses chinos, Pekín respondió con inspecciones, presión comercial y señales de castigo. Paraguay, último aliado de Taiwán en Sudamérica, recibe de Pekín el reclamo de que se ponga “del lado correcto de la historia”. Argentina deja una advertencia más cercana. La estación satelital china en Neuquén opera con la presencia del Ejército Popular de Liberación. El Estado tiene acceso limitado a una instalación en su propio territorio. Ni siquiera en el gobierno de Javier Milei, el presidente más trumpista de la región, esa situación se revirtió. Hace unas semanas, tres diplomáticos chinos aparecieron en la Universidad de Belgrano, en Buenos Aires, para presionar por la cancelación de un libro crítico sobre China. Lo lograron. El gigante sabe estar en la chiquita.
El dilema no pasa por elegir entre Washington y Pekín. Ese marco sirve para la tribuna, no para el Estado. La cuestión es qué quiere preservar Uruguay. Preservar significa saber qué infraestructura no conviene entregar, qué contratos pueden volverse irreversibles, qué sectores dependen demasiado de un solo mercado y qué áreas tecnológicas no admiten ambigüedad. También supone definir qué puede ofrecerle a Washington sin convertir a Pekín en un adversario, y qué puede negociar con China sin tratar a Estados Unidos como una potencia en vías de jubilación.
A Uruguay le gusta imaginar que su equilibrio es una virtud natural. En ocasiones, se parece más a la falta de músculo estatal, de pensamiento estratégico y de conversación adulta. El no alineamiento exige método: saber qué se negocia, qué se rechaza y qué se protege. Sin eso, la política exterior queda reducida a una sucesión de fotos.
Ahí vuelve el Nimitz. Es el portaaviones más antiguo de la Marina estadounidense, una mole cerca del retiro. No es una pieza de museo, todavía, pero tampoco el símbolo intacto de una hegemonía sin discusión. Cuando entró en servicio, Estados Unidos venía de perder Vietnam y Uruguay había perdido la democracia. Medio siglo después, su aparición frente a un presidente uruguayo ya no habla solo del pasado. Habla de un mundo en el que Washington todavía pesa, Pekín desafía y Uruguay no necesita estar a la deriva.
No se trata de pronunciar sermones trasnochados de pureza geopolítica ni de tomar la prudencia por estrategia. La distancia atlántica da margen, pero no exime de pensar. Uruguay puede viajar entre Washington y Pekín con esa elegancia modesta de los países que creen que basta con no molestar. En política, como en el mar, flotar no es navegar.