Debe ser el clima delirante de esta Semana Santa. O que el consumo de internet al lado de una niña de 11 años estos días nos contagia su imposiblidad de enfocarse en algo por más de 20 segundos. Pero a la hora de escribir estas líneas, no pudimos centrarnos en un tema solo, sino que el machacar de estímulos nos forzó al “picoteo”.
Por ejemplo, la semana arrancó con ese terrible accidente en Florida que dejó 4 muertos, entre ellos dos niños de 2 y 9 años de edad. Una tragedia espantosa, de la cual nadie nos ha podido explicar las causas. Eso sí, sabemos que el conductor que causó el desastre no había tomado una gota del alcohol.
Esto, combinado con los números del último informe sobre siniestralidad de la Unasev, se une para darnos una señal deprimente. Es que en el pasado año hubo 4% más de accidentes de tránsito en todo el país y un aumento del 3,82% en la cantidad de heridos respecto al año anterior.
Esto coincide con un informe hecho en este mismo diario por los 10 años de la tolerancia cero al alcohol en los conductores, que reveló que esa medida (que no se aplica en ningún país desarrollado) no tuvo incidencia alguna en las muertes en el tránsito. Pese a ello, nadie se plantea revisarla, no sea cosa que la gente ahora salga corriendo a mamarse antes de manejar. Eso sí, fajamos a impuestos a los autos más seguros, plagamos las rutas de hermosas rotondas al cuete, y le damos libreta a gente que no sabe que en Uruguay se maneja por la derecha.
No terminábamos de digerir la indignación vial, cuando en un cambio de radio nos topamos con un debate asombroso. El edil blanco Diego Rodríguez discutía sobre su propuesta de prohibir los cuidacoches en Montevideo con la presidenta del “sindicato” de los mismos, Graciela Rodríguez. La respuesta de la señora iba por dos lados: afirmar que el rol del cuidacoches es clave, como una especie de gestor barrial. Y acusar al edil con el que comparte apellido de “clasista”. Ambos argumentos son absurdos. Si el señor es clasista, nazi, murguero o hincha de Albion, no tiene ningún impacto en el tema de fondo. Que es el nivel de abuso, violencia y tensión social que hay en las calles. Y en buena medida, causado por gente que opera como ciudacoches.
Y la señora lo sabe bien, porque maneja una organización que cuando una empresa o institución tiene “problemas de convivencia” con el cuidacoches de su cuadra, la propia intendencia sugiere contactarlos para que ellos pongan orden. Seguro que apelando a su fabulosa capacidad dialéctica.
Lo que falla aquí, de nuevo, es el sentido común. Es claro que un estado que no logra evitar que haya gente consumiendo pasta base a 10 metros de la comisaría segunda, no puede prohibir el cuidacochismo. Pero sí poner orden para evitar un tipo de mendicidad abusiva, que ya es extorsión. Y que se ceba sobre los más débiles, porque no recibe la misma presión una señora mayor que un tipo de 1.85, y con los nudillos abollados como la neurona del pastabasero de la cuadra.
De esa polémica, saltamos sin escalas a la noticia de que agentes rusos pagaron cientos de miles de dólares para publicar artículos contrarios a Javier Milei en Argentina. Más allá de constatar cómo el capitalismo ha avanzado en ese país desde los tiempos en que la KGB podía “arreglar” a Vivian Trías con whisky y cigarros, la noticia confirma lo sospechado por muchos. Que conflictos que parecen lejanos, impactan directo en nuestra realidad. Que en esta nueva guerra fría, hay que desconfiar de mucha información que recibimos. Y que el odio a Estados Unidos y el sistema liberal es nutrido tanto por nostalgias ideológicas, como por verdes billetes con la cara de Benjamín Franklin. Ni de Mao, ni de Stalin, ni de Pedro el Grande... ¿Por qué será?
Ahora todas estas noticias, relevantes, serias, profundas, no pueden competir con la telenovela del momento que nos llega desde la “otra orilla”. Hablamos del escándalo de unos anestesistas de un hospital favorito de la elite social argentina, que robaban fentanilo y otras delicias farmacéuticas, para organizar fiestas por todo lo alto. Todo iba bien, al parecer, hasta que uno de los médicos se pasó de rosca y murió en un festejo.
El tema tiene todo: sexo, adulterio, fiestas, drogas... Incluso una de las implicadas es nieta o sobrina nieta del general Lanusse, aquel que llevó adelante la apertura que posibilitó el regreso de Perón en los 70. Si usted no tiene cuenta en Twitter, se está perdiendo de algo fabuloso. El nivel de creatividad colectiva que este caso ha despertado allí, si se pudiera enfocar en algo positivo, ya habría logrado la cura del cáncer y poner humanos en Marte. Por el contrario, se derrocha en humor negro y resentimiento social, en dosis que serían letales hasta para el más aguantador de los anestesistas.
Pero... ¿a quien le importa? Ayer ganó Peñarol... o perdió Nacional... o la elefanta de mar Francisquita decidió comer pescado. ¡Imposible estar en todo!