Premios Oscar: una obviedad tras otra

Tal vez por haber admirado los clásicos del cine en el templo sagrado de Cinemateca Uruguaya, o por viejo nomás, cada año me defrauda en mayor medida lo que está saliendo últimamente de Hollywood.

De la premiación que se conoció el domingo, lo único que me parece realmente inspirado es Hamnet, no solo por la apabullante actuación de Jessie Buckley -el Oscar más merecido- sino por todo lo que la película significa: el análisis hondo y sensible de la maternidad y la originalísima relectura del clásico de Shakespeare. Esa mano que, desde el corral del Teatro del Globo, la protagonista tiende al actor que interpreta a un Hamlet moribundo en el proscenio es, bien mirada, una metáfora de la fascinación inmortal del teatro: la única disciplina artística donde la obra y el espectador comparten un mismo espacio, corporalidad, tacto y sudor.

Pero la Academia eligió como mejor película Una batalla tras otra, una comedia negra de Paul Thomas Anderson que pretende satirizar los dos extremos del delirio yanqui: el supremacismo blanco y un terrorismo post hippie de idealistas que, a la más tenue amenaza, traicionan hasta a la abuela. Todo en esa película es simplista: tal vez lo más bochornoso sea la interpretación de ese gran actor que es Sean Penn, haciendo acá una caricatura ridícula y sobreactuada que igual le valió un Oscar.

Vi en Una batalla tras otra la suma de lugares comunes con que el pensamiento progre analiza la realidad: antihéroes idealistas y villanos malísimos, mucho tiroteo, cabezas y pechos que salpican sangre y camionetas que desbarrancan espectacularmente. La escena final es de una extravagancia rayana en la ridiculez. Busca el aplauso del público teenager, por la manera graciosa como matan al malo.

No tuve mejor opinión de la otra película multipremiada: Pecadores. Debo reconocerle al menos que, en esa tonta historia de vampiros, más que deudora de Del crepúsculo al amanecer (1996), aparece de pronto una escena bellísima: el momento musical en que, en un plano secuencia, se integra en una sola canción toda la evolución de la música afroamericana. Haber presentado esa única escena hubiera sido un memorable cortometraje, pero todo el resto de la historia (otra vez tiros y cadáveres desmembrados) es un producto comercialoide para el olvido.

Más cuestionable aún es el posible trasfondo simbólico del guion: esos blancos con colmillos que quieren vampirizar a los negros, parecen simbolizar el intento racista de apropiarse de la cultura afro, matando o prostituyendo a sus creadores. Por lo visto, el guionista desconoce el concepto de interculturalidad, según el cual no existe una apropiación por parte de un grupo poderoso hacia otro débil, sino una interrelación constructiva. Para poner un ejemplo yorugua: ¿Hugo Fattoruso “robó” el candombe a la cultura afro o lo enriquece con su genio musical?

Ese racismo invertido tiene otro antecedente en el nefasto Hollywood de esta época, la película ¡Huye! (2017), donde unos malvados ancianos blancos encuentran la forma de prolongar la vida, injertando sus cerebros en los cuerpos de jóvenes negros. La mala de la película es allí una muchacha blanca que se ennovia con negros y negras, para atraerlos a esa casa donde se les cambiará de cerebro. Se trata de un discurso de odio muy propio de la llamada Teoría Crítica de la Raza, de moda en las universidades estadounidenses cooptadas por la cultura woke. En lugar de promover la imprescindible integración racial (ya ni siquiera se debería hablar de razas puras en el mundo de hoy), se apunta a su desconfiada división, reeditando el obsoleto mito marxista de explotados y explotadores.

La única película reciente que cuestionó ese estúpido paradigma fue American Fiction (2023), en la que un escritor afroamericano se veía forzado a escribir desde el victimismo racial, como única forma de ser aceptado y premiado por el establishment intelectual.

Por supuesto que hay que luchar contra toda forma de discriminación en nuestras sociedades, pero no desde la satanización de unos y la victimización de otros, sino a través del más enérgico combate a quienes la practican. La película Pecadores elige el camino fácil en una industria cinematográfica que está construida como forma de control social, consolidando prejuicios ignorantes para vender entradas.

El victimismo caricaturesco de la cultura woke ha hecho estragos en la creatividad de Hollywood. Uno extraña la verdadera rebeldía y calidad artística de aquellas películas como Busco mi destino, Cowboy de medianoche y la saga de El padrino. En las de ahora, los ricos (los mismos ricos que invierten en producirlas) son todos blancos, esbeltos y muy malos; los héroes son todos integrantes de minorías étnicas o sexuales y buenísimos.

Para completarla, en la ceremonia de los Oscar no podía faltar un mensaje antisemita de Javier Bardem, en cuya épica justiciera se volvió a olvidar de los 32.000 manifestantes iraníes asesinados por el régimen fascista de los ayatolas. Qué aburrimiento.

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