Durante la noche buena Alejandro Sánchez publicó un tuit en referencia a Jesús de Nazareth. Sin entrar en el episodio, lo ocurrido nos brinda una buena oportunidad para recordarnos la brutal trascendencia de esta figura en la configuración moral de nuestra cultura occidental. El impacto que el cristianismo tuvo en la mayoría de los valores de los que casi todos nos enorgullecemos en occidente es simplemente brutal.
Quien mejor desarrolla este punto, hasta mi conocimiento, es Tom Holland, en su libro “Dominion: The Making of the Western Mind”. Él sostiene que el mundo moderno “está tan empapado de supuestos cristianos que rara vez reconocemos su origen” y que “incluso los credos seculares continúan siendo tributarios de la revolución moral que desencadenó” el cristianismo.
Su tesis central es contundente: sin el cristianismo, y en particular sin la figura de Jesús, conceptos que hoy consideramos naturales -la igualdad, la libertad, la dignidad individual y la compasión por los débiles- no habrían adquirido su fuerza universal.
Son interesantes los contrastes que Holland recuerda entre nuestra cultura occidental y Grecia y Roma. Roma veneraba la jerarquía y la gloria del poderoso, y despreciaba el sufrimiento como signo de fracaso. Jesús cambió todo en este sentido, “el Dios que sufre” convirtió al vulnerable en sujeto sagrado. De esa inversión nacieron instituciones que definen a Occidente como los hospitales y la caridad organizada.
Otro de los aportes del cristianismo es la igualdad radical de la dignidad humana, según Holland. Roma era brutalmente estratificada: tu dignidad dependía de tu estatus. Jesús introduce una idea explosiva: todos los seres humanos tienen el mismo valor porque todas las almas son iguales ante Dios. Esa idea fue luego se seculariza en la noción liberal de que los derechos son individuales y universales sin depender del reconocimiento de nadie.
Otra novedad introducida por el cristianismo es la moralización del poder. Los romanos no creían que el poder tuviera que ser moral. El poderoso era poderoso porque podía. El cristianismo impone otra lógica, quien tiene poder tiene deberes hacia quienes no lo tienen. Esto inspira la expectativa de que los líderes rindan cuentas.
Finalmente es pertinente destacar el otro gran elemento señalado por Holland, el amor como mandato ético universal. El mundo antiguo tenía afectos, pero no tenía un mandato ético de amor universal. Jesús lo instala como principio supremo, incluso amando al enemigo.
Holland dice que incluso cuando la gente ya no va a la iglesia, sigue creyendo en que el amor es mejor que el odio. Y eso es cristiano aunque no se reconozca como tal.
Dejando de lado cualquier referencia religiosa, Tom Holland nos muestra que Jesús no solo fundó una religión, sino que también rediseñó el marco moral de Occidente. Lo hizo a través de varios giros que invierten muchos valores con respecto al mundo pre cristiano: un Dios que se humilla, que reivindica a los débiles y que nos muestra el valor de la conciencia individual. Ese ADN moral sigue siendo la base de nuestra civilización, incluso cuando lo llamamos derechos humanos, libertad, progreso, justicia social o empatía.