¿Por qué cuesta tanto cambiar?

Hay un diagnóstico en el que todo el mundo coincide: precisamos crecer a tasas más altas para poder universalizar la prosperidad, y nuestra evolución demográfica y calidad educativa es tal que de ninguna manera podremos sostener los niveles de desarrollo económico y bienestar social que tenemos hoy.

Para remediar tal diagnóstico hay distintos matices de políticas posibles. Pero, cualquiera sea el que se quiera implementar, se precisan cambios a la situación actual. Por ejemplo: la inmensa mayoría cree que para crecer debemos bajar costos de manera de ser más competitivos con nuestros productos, y para ello necesitamos mejorar radicalmente la eficiencia del Estado. Sin embargo, cualquier mínimo cambio, así sea poner condiciones algo más estrictas a los partes de enfermos de funcionarios públicos, no se afianza.

Lo mismo se podrá decir de otros rubros: en educación, está la inteligente solución dual que ha planteado CERES, pero para llevarla a cabo también se precisan cambios. En seguridad social, la reforma muy gradual de 2023 podría haber seguido avanzando, pero este gobierno decidió congelar todo y no hay un horizonte claro a la vista. Tómese la perspectiva de cuestiones locales y pasa algo similar: la mugre en Montevideo, por ejemplo, lleva décadas esparcida por doquier y no se verifican los cambios ineludibles para mejorar nada sustancial.

¿Por qué cuesta tanto cambiar? Hay dos razones que me resultan importantes. La primera es que somos una sociedad envejecida desde hace medio siglo ya, y lo propio de sociedades en las que el peso relativo de los mayores es cada vez más grande es desconfiar de los cambios. Máxime cuando, además, el Uruguay puede decir que vivió mucho mejor en lo social y lo económico antes de la crisis de 1982, es decir, en un pasado del que existen aún recuerdos entre los más viejos. En estas cuatro décadas ningún camino de reformas importante ha servido a nuestra sociedad envejecida, esa que desconfía y se aferra a su nostalgia de valores y reflejos conocidos.

Ahí está la segunda razón. A la desconfianza propia del país envejecido se suma el conservadurismo social y económico vehiculizado hace ya más de treinta años por el enorme peso cultural de la izquierda. El ejemplo de la seguridad social es diáfano: todo el mundo sabe que por causas demográficas no podremos sostener la jubilación universal a los 60 años. No importa: la izquierda apuesta al conservadurismo (dejemos todo como estaba que así funcionaba), al pasado idealizado (hace setenta años había incluso jubilaciones tempranas), y a la desconfianza visceral ante cualquier cambio. Todo con trasfondo de demagogia e ignorancia, porque en un país en el que las nuevas generaciones entienden mucho menos de política y de abstracciones conceptuales que las viejas, prende fácilmente cualquier discurso de ese tipo.

Es imposible cambiar si las élites económicas, políticas y sociales no cumplen su papel pedagógico responsable de explicar lo que se sabe ocurrirá y presentar luego soluciones posibles. Pero además nos cuesta cambiar porque nuestra izquierda, que es social y culturalmente mayoritaria en un país envejecido y conservador, hace décadas que prefiere transitar el atajo de la demagogia y la ignorancia para asegurar así mantenerse en el poder.

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