Hace casi 90 años, Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca, presidió en el paraninfo de su universidad un acto solemne en apoyo al levantamiento franquista contra la República Española. Celebrado el 12 de octubre de 1936, en plena euforia nacionalista, se esperaba que el rector manifestara su apoyo a la caída de la democracia. Entre sus devotos asistentes, falangistas y golpistas consuetudinarios, se encontraba el General Millan Astry, uno de los ideólogos de la insurgencia castrense. Fue entonces ante la sorpresa general, cuando estalló el escándalo en el discurso del rector. Unamuno, poeta, reputado conferencista y uno de los mayores intelectuales de España, espetó con voz calma: “Venceréis pero no convecéreis. Venceréis porque tenés sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir, necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España.” Según testimonios de época, don Miguel, fue interrumpido por un furibundo Millán Astray al grito de ¡Viva la muerte¡ ¡Muera la inteligencia¡ lo que motivó la intervención de la esposa del futuro dictador protegiendo al Rector de la ira de sus oyentes, adeptos a la España eterna de hostia, toro y pandereta.
El suceso, no sólo rebela la valentía de un hombre que en difíciles circunstancias arriesgó vida, honores y reputación. Falleció al poco tiempo recluido en su casa, legando a España un ejemplo de dignidad. Sus palabras sugieren además, una concepción de la política, enfrentada desde hace siglos con otra “weltanschauung” que despojada de subterfugios, resulta su antitésis. La primera proviene de Aristóteles y porta el respeto que genera la filosofía griega pasados dos mil años de su despertar. La segunda tiene su orígen en Nicolas Maquiavelo nacido en italia en 1469, destacado filósofo político y considerado con el tiempo, figura relevante del Renacimiento europeo. Quizás el libro sobre política más importante de ese tiempo augural.
Según la tradición aristotélica la política se relaciona con el bien común solamente alcansable mediante la vida en comunidad. Diciéndolo en las inmortales palabras helenas, se alcanza en la “polys”, la comunidad donde desarrollamos el sentido de sociabilidad . Con un fin preciso, conseguir cuando nos realizamos la correspondencia entre la buena vida individual (ámbito de la ética) y la grupal o colectiva (ámbito de la moral). De tal modo, al hacer política es nuestro deber perseguir fines racionales sin los cuales no resulta posible el desarrollo del individuo. Para Aristóteles sin la calidad de ciudadano no se es nada, a lo sumo un esclavo, o en categoría algo mejorada, un bárbaro extranjero. Desde esta visión lo bueno es la finalidad de las cosas. El objetivo, del cuchillo es cortar, el del ser humano auro realizarse plenamente. Pese a que no era la democracia ni el cosmopolitismo el régimen de gobierno preferido por el filósofo, él creía en el diálogo y la persuasión en política, lo que más de veinte siglos después, sería tan reclamado por Unamuno.
Para la corriente maquiavelista el poder era el objetivo, sin que existieran límites morales para su ejercicio. Todo está permitido en política a fuer de conquistarlo y mantenerlo. La diferencia entre ambas concepciones es que para los maquiavelistas, la política es un mero instrumento para la consecusión del poder que se obtiene en los extremos, mediante su toma. El bien común está ausente como finalidad, alcanza con la tenencia de un poder de tal fuerza que permita concretar los designios del Príncie. A través de la historia ambas formas de analizar t practicar la política se han sucedido. Desde el feudalismo donde el pensamiento griego había sido olvidado, hasta las monarquías absolutas, donde el poder, no como instrumento sino como fin, dominó la cultura política. Sólo se aminoró en las monarquias constitucionales, al tiempo que la lenta aparición de la democracia impuso nuevamente a la política como construcción común de la polis.
Tal fue el proceso que Hegel concibió como la marcha de la razón en la historia- progreso que consagraba al estado de su época como meta de las posibilidades humanas. O Carlos Marx, que invirtiendo la dialéctica de Hegel con una visión materialista de la historia profetizó la superación del capitalismo por el socialismo. Un destino que necesariamente se realizaría y solo podría frustarse mediante la ruina de la humanidad. Hoy pensaríamos en una guerra nuclear, apelando a la misma parafrasis. Por más que en las concepciones mayoritarias de fines del siglo veinte ya no sea el “bien común” el que otorgue fines al estado democrático sino sociedades e instituciones justas que permitan el libre desarrollo de los ciudadanos. Lo justo define sociedades, lo bueno a individuos.
Si regresamos a la actualidad, se hace claro que la lucha entre ambas tendencias sigue vigente, particularmente en la forma maquiavelista de la misma. Lo cual desde una mirada progresista de la historia -lo que no significa aceptar el historicismo marxista,- supone desandar el camino hacia el mejoramiento moral de la especie. Donald Trump el presidente de la mayor potencia militar del planeta es el ejemplo perfecto de la versión más irracional del actual maquiavelismo político. Aún más que otros políticos del pasado que gobernando como dictadores absolutos, ocultaban sus designios, con paráfrasis y promesas imposibles. Ahora con Trump, en uno de esos giros imprevisibles del devenir de los pueblos, la política internacional, idealmente considerada como ámbito de discusión y decisión colectiva de las naciones, se ha convertido en un medio para imponer las ordenes de un ser trastornado que creyendo erroneamente interpretar las aspiraciones de su pueblo se propone dominar al mundo entero mediante sus armas y su arbitrariedad y prepotencia personal. Aquí no se trata solamente del poder interno, la cuestión es más grave. Refiere al ejercicio sin cortapisa del poder militar de un país, ignorando un orden internacional trabajosamente construído desde el término de la segunda guerra mundial. Un panorama más que deprimente, que interrumpe siglos de avance civilizatorio, buscando revivir el vasallaje medioeval en las relaciones entre naciones.