Periodismo funambulista

Rara vez alguien se mete en el periodismo para contar la parte linda del mundo. Hay algo intrínseco al oficio que implica cierta incomodidad, insatisfacción y ganas de averiguar o de mostrar algo que no cierra, o de intentar explicar lo relevante.

Si se está a gusto con lo que pasa, ¿para qué escribir? Ese impulso, que durante décadas fue el motor de esta industria sin chimeneas y con bastante humo, hoy resulta más difícil de sostener. No hay nada heroico en el periodismo. Hay una forma imperfecta, muy imperfecta, de reducir la ignorancia, combatir la incertidumbre y generar un conocimiento compartido por la sociedad.

El periodismo vive una crisis permanente, pero en los últimos años se ha instalado la narrativa de que la prensa agoniza porque la tecnología cambió, el algoritmo manda, la publicidad adelgazó y, por sobre todas las cosas, porque los periodistas no somos grandes luminarias.

Todo es cierto, pero es una justificación casi sin culpables y con varias víctimas.

Lo que cambió fue el lugar que el periodismo ocupa en el sistema. Supo ser costoso, necesario, valorado. Hoy sigue siendo caro, pero dejó de ser percibido como indispensable. El problema no es que el negocio se haya complicado, sino que muchos ya no consideran el periodismo parte de la infraestructura de la sociedad, y no es porque los periodistas seamos importantes, sino porque la función es irremplazable.

Existe un malentendido persistente. El romanticismo del oficio. La idea de la vocación como llamado celestial. La precariedad como prueba de pureza. Un pensamiento mágico cuando es una obviedad que la independencia y la calidad no nacen de hacer el trabajo con alambres sino de la estabilidad, la autonomía y algo tan básico como el tiempo para preparar una nota.

El periodismo debería frenar el impulso de la mentalidad de rebaño. No para llevar la contra por deporte, sino para sembrar dudas razonables donde hay sospechosas certezas y para recordar que la realidad rara vez encaja en un relato simple.

Las limitaciones vienen de la escasez, de la prudencia financiera, de los riesgos inherentes a publicar algo que incomode a alguien con poder. Esa mecánica no es nueva, pero, con menos recursos y más presiones, la libertad de prensa retrocede no como consecuencia del deterioro democrático, sino como uno de sus motores.

Quien ve el periodismo desde afuera podría pensar que, durante mucho tiempo, la presión real sobre los medios era solo un rasgo de los regímenes autoritarios. La novedad, no tan novedosa, es que el desgaste se produce cada vez más en las democracias formales, a plena luz del día y sin hacerse mucho drama.

Un análisis publicado en The Economist, basado en 80 años de datos de más de 170 países, muestra un patrón claro. Políticos con incentivos para abusar del poder intentan debilitar a la prensa.

Con menos recursos y menos margen, la prensa controla peor esos abusos. Y cuanto más fácil se vuelve abusar, más incentivos aparecen para seguir debilitando el control público.

Ni siquiera es necesario cerrar medios. Presión económica a través de la publicidad o del acceso al financiamiento. Demandas judiciales que desgastan aunque no prosperen. Campañas que convierten al periodismo en el adversario. Ecosistemas donde el elogio se amplifica y la crítica queda confinada a los márgenes.

El periodista es un funambulista que debería lograr convivir con el ruido sin dejarse arrastrar por él. Demasiado cerca del poder se vuelve propaganda. Demasiado cerca del consumidor se convierte en entretenimiento. La tarea consiste en sostener esa distancia aun cuando nadie quede satisfecho. Ni ellos ni nosotros ni el cliente. En realidad, cuando todos quedan contentos, el periodismo suele mudar de piel.

El deterioro carcome gota a gota. Primero se investiga menos. Después se explica poco. Finalmente se deja de interrogar.

Cuando las preguntas se extinguen, el poder deja de sentirse observado. Una sociedad que se resigna a un periodismo debilitado termina por convivir con instituciones más frágiles, que no son una entelequia ni una abstracción. Implican menos garantías, peores servicios y una convivencia más frágil.

Desde Uruguay, esta erosión puede sonar a barullo lejano. En un país con mentalidad de aldea que depende cada vez más de insertarse en procesos globales y de adaptarse a lo que se decide a miles de kilómetros de distancia, la ceguera supone un riesgo existencial.

Si dejamos de invertir en explicar lo complejo, terminamos encerrados en el provincialismo, discutiendo la chicana de la semana, viendo cómo los que tienen responsabilidad y viven a costa del sueldo que les pagamos ni siquiera se avergüenzan al intentar justificar lo injustificable.

No es necesario que muera el periodismo para matarlo. Gobernar sin preguntas genera menos fricción. Los conflictos y los abusos no desaparecen, pero una sociedad que llega tarde a lo que ocurre a su alrededor cree que los problemas brotan de la nada.

De tanto mirar hacia el costado, terminamos confundiendo sorpresa con inocencia.

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