Oscar Andrade

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HEBERT GATTO
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Pese a las enfervorizadas críticas a Santo y Seña (programa emitido por Canal 4), por publicitar el infeliz desempeño del senador Oscar Andrade en Canelones, nada cabe objetarle a ese espacio televisivo.

En conocimiento que un Representante Nacional elude desde hace años tanto sus obligaciones tributarias como las normas sobre construcción de inmuebles, adoptó la resolución correcta: denunciar públicamente sus omisiones. De no hacerlo hubiera sido cómplice de una falta moral y política además de incumplir con sus obligaciones periodísticas.

Sin embargo, el hecho motivó una monolítica repulsa del Frente Amplio. El senador Rubio expresó que se intentaba “colgar en un farol de la plaza pública a un militante que ha tenido una extraordinaria generosidad”. Daniel Olesker instó a “no ver el programa”y la Sra. Intendenta, junto a varios dirigentes, repudiaron a sus críticos. A esta desmedida actitud le subyacen dos supuestos: el primero, implícito, concierne a la intangibilidad de la vida privada de Andrade, un generoso integrante del Sunca. El segundo de carácter puramente ideológico, radica en la imposibilidad que el Frente admita que un miembro de la izquierda se conduzca de manera inmoral.

La reserva por la intimidad vulnerada, puede tener sentido cuando se aplica a los ciudadanos comunes y a sus libertades privadas, pero deja de tenerla cuando se juzga la actitud de un funcionario público, en mayor o menor grado representante del Estado. Desde “La República” donde Platón desestimaba el derecho a la intimidad de los “Guardianes del Estado”, a la primacía hegeliana de la ética del Estado, o la crítica de Marx a la defensa burguesa de la vida privada, se ha entendido que los políticos, en tanto delegados de lo público, están sujetos a un escrutinio moral mucho más intenso que el ciudadano común. Más aún cuando, como es aquí el caso, sus actividades privadas se desenvuelven de tal suerte que violan o pueden violar sus deberes públicos, especialmente cuando incumplen normas.

Es cierto, como se ha repetido, que la calidad de la deliberación democrática decae cuando la exposición sensacionalista de las actividades privadas desplaza la discusión de aspectos sustanciales de la política pública. Pero no es eso lo que aquí sucede. Oscar Andrade no es Galileo ni Giordano Bruno. Es un mal Senador que con su lamentable ejemplo desestimula a la ciudadanía a cumplir con sus obligaciones, un mal militante gremial, en tanto atenta contra una normativa, trabajosamente conseguida en lucha de años por los trabajadores de la construcción en su beneficio, y un mal comunista al desconocer los intereses del proletariado, la clase a la que invoca.

No por ello pensamos que haya que desaforarlo o ejecutarlo en la plaza, como por un precedente de mucho menor importancia y sin ninguna ilegalidad, se intentó con Isaac Alfie. Uruguay no es ni una república virtuosa ni la Ginebra de Calvino; intentamos ser una democracia tolerante, cuando podemos, sin fanatismos. Lo de Andrade se trató de un penoso desempeño que debemos conocer y recordar -de allí la importancia de su publicidad-, como ejemplo de lo que no debe hacer un político uruguayo. Lo del Frente Amplio al apoyarlo, una triste muestra de corporativismo.

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