El gobierno no anda bien. No es un tema de encuestas, ni de desencantos internos o narrativas de fuera. El problema parece ser más complejo que eso, y una prueba bastante evidente quedó a la vista con el anuncio de la nueva estrategia para enfrentar el problema de la gente que vive en la calle.
La cúpula del gobierno claramente percibe que la paciencia ciudadana ante esta situación está llegando a su punto límite. Y convocó a una conferencia de prensa para anunciar un plan que busca abordar las causas profundas, y los síntomas visibles de esto que ya se asume (¡al fin) como una verdadera crisis de convivencia.
El presidente Orsi reconoció la complejidad del asunto, apuntó a las culpas del sistema carcelario, de los déficits en salud mental y abuso de drogas, y hasta mencionó la crisis del sistema educativo.
Acá nos gustaría hacer un breve paréntesis. Porque uno de los temas más comentados de esa conferencia no fue ni el tono, ni las palabras, ni las decisiones. Sino la imagen del mandatario, que apareció con el cuello de la camisa en abierto acto de rebeldía. A ver... el autor de estas líneas está lejos de ser una reencarnación de Ante Garmaz (chiste para mayores de 60), y su atención habitual al vestuario le impide ser juez de nadie. Pero conociendo lo susceptible del entorno de Orsi a la imagen presidencial y a la forma en que los medios la reflejan, ¿nadie le pudo avisar de ese detalle?
Pero volvamos a lo importante. Como siempre, Orsi fue un oasis de sentido común. Dijo más o menos lo que cualquier persona normal piensa, y hasta se animó a plantear una obviedad que sin embargo es casi un pecado para muchos de su partido. Que vivir en la calle no es un derecho. Hasta ahí todo perfecto. Pero lo que vino después fue un balde de agua fría sobre el entusiasmo ciudadano.
Es que el documento que publicó el Mides sobre el plan incluyó aspectos que, francamente, replican todo lo peor que se viene escuchando desde hace años sobre el problema.
Hay que reconocer que la primera que nos hizo notar el tema fue la colega Patricia Madrid, que alertó sobre algunos conceptos incluidos en el documento. Cuando lo fuimos a leer, la verdad es que era todavía peor.
Según el Mides, “algo que caracteriza el escenario desafiante actual es la percepción social que recae sobre las personas en situación de calle. Percibidos como sujetos externos a la comunidad, fuera del “nosotros”, no reconocidos como “vecinos”. Esto está ligado a procesos de estigmatización y deshumanización que refuerzan la exclusión social, que involucra tanto a medios de comunicación como a herramientas compulsivas de captación. Las personas son frecuentemente percibidas a través de estereotipos vinculados a la delincuencia, la peligrosidad o incapacidad, lo que afecta sustancialmente el acceso a empleo, educación, vivienda y servicios públicos en general”.
Toda esta catarata de palabras huecas, gastadas y culposas. Todo ese tono de trabajo de grado de estudiante de ciencias sociales embriagado de biempensantismo maniqueo, nos obliga a hacernos una pregunta: ¿esta gente vive en el mismo planeta que nosotros?
No es solo la dificultad de considerar “vecino” al tipo que nos exige plata a los gritos todos los días. O al que encontramos aliviándose en el arbolito de la puerta de casa y encima nos mira de pesado. Es que se pretende culpar del tema a la sociedad, como si no hubiera libre albedrío, casi como si las personas que viven en la calle fueran menores de edad que no tuvieran responsabilidad alguna por sus actos. Y se afirma que sería una nefasta construcción simbólica decir que estas personas tienen problemas de drogas, o mentales, y que están asociadas en un alto porcentaje a conductas delictivas.
Se ignora de manera chocante el sacrificio que hace el ciudadano para sostener un sistema de seguridad social que financia educación hasta la universidad, salud pública generosa, y un Ministerio de Desarrollo Social con 800 millones de dólares de presupuesto anual. Y que cuando osa sugerir que capaz eso no está funcionando bien, le gritan que es un facho.
Pero lo más grave es que cuando se dice que los medios de comunicación o el ciudadano asocia a estas personas con el delito, el abuso de drogas, o problemas mentales, se omite que eso fue exactamente lo que dijo el presidente Orsi en su conferencia.
Ahí está el eje del problema de lo del otro día. Y es que mientras que el presidente emite un mensaje que conecta con el sentir de una mayoría de la sociedad, desde el ministerio se insiste con un discurso que no solo va en contra, sino que lo desautoriza. Si el problema en sí ya es difícil de resolver, hacerlo con esa desconexión parece imposible. Y esto no ocurre solo con el Mides. Pasa con demasiadas áreas del gobierno, que parecen jugar a su aire. Está muy bien que un presidente delegue y deje trabajar, pero lo que se percibe hoy va bastante más allá de eso. Y eso no ayuda. No lo ayuda.