Yamandú Orsi logró algo infrecuente. La mayor frustración por su primer año proviene de sus propias filas. No hay insurrecciones ni portazos sino algo mucho más difícil de combatir: una resignación silenciosa y corrosiva.
A esta altura, decir que el gobierno es opaco se ha vuelto una muletilla. Unos están cansados de repetirlo y todos, de escucharlo.
Orsi es el presidente más afable en el cargo en 40 años, pero también el que tiene mayores dificultades para adaptarse al rol. Existe una brecha evidente entre su bonhomía y las exigencias del cargo.
En el corazón del oficialismo, lejos de los micrófonos y cerca del tablero de mando, la preocupación es un lamento en voz baja que no se esconde. Gira alrededor del funcionamiento, de cómo se decide y se coordina. No es un reproche personal al presidente, sino una inquietud sobre la arquitectura de poder. No se observa una cadencia que ordene al gobierno ni se advierten posibilidades de cambio. Constatar que el inconformismo es real y la claudicación es auténtica no tranquiliza a nadie.
La sensación empeora cuando las fricciones se convierten en secreto a voces. Economía e Industria no pueden darse el lujo de llevarse como perro y gato. Trabajo tiene que desterrar un lenguaje obsoleto. Presidencia no puede tener tres cabezas. Y Fernando Pereira, a esta altura, no debería hablar de que recibieron un “país en ruinas” tras “media década perdida” y de que se enfrentan a una “extrema derecha que no tiene valores, que insulta y descalifica”. ¿Para cuándo un cambio de diccionario?
A eso se suma un rasgo particular de este ciclo: el oficialismo recibe golpes por izquierda con una facilidad sorprendente. Se lo acusa de tibio y se teme que, en el corazón militante, el gobierno empiece a palparse como un organismo sin pulso.
A Orsi lo cuestionan en los comités de base. Lo cuestionan referentes de la izquierda en medios de izquierda. Lo cuestionan las murgas. Lo cuestionan hasta por visitar un museo en Punta del Este que “colabora en la conformación de un territorio segmentado, promoviendo brecha, grieta, bien arriba en la escala económica”. En serio, actualicen el diccionario.
Orsi, en cualquier momento, tendrá que pedir permiso para respirar. Está en un laberinto. Si se mueve hacia la izquierda para satisfacer a las facciones que exigen movimiento, aliena al centro moderado que inclina las elecciones. Si permanece donde está, aumenta el hambre en los sectores que podrían ilusionarse con una vía alternativa.
El oficialismo no llegó al poder impulsado por promesas grandilocuentes y, aun así, la decepción germinó en un terreno árido. Es la frustración de quien no esperaba un milagro, pero tampoco esta parálisis. Si el costo político no ha sido mayor, es porque se beneficia de una oposición amorfa, perezosa y carente de una narrativa que capitalice el desencanto.
Entre la falta de una agenda ambiciosa y un relato que no termina de cuajar, el gobierno está en la posición más incómoda: actor secundario de su propia administración. Hacer poco y comunicar mal enerva hasta al más fanático.
Si en Uruguay hubiera un sistema parlamentario, el comienzo de este segundo año de mandato se acompañaría de una discusión sobre el jefe de gobierno como un fusible. Cuando el partido siente que el líder es un lastre, busca el cambio interno sin provocar un terremoto.
Se trata de reconocer que, en un marco distinto, la discusión sobre la continuidad tendría su lugar en la mesa. El malestar no es sectorial ni
superficial: permea el gabinete, la estructura orgánica y las bases. Es una tensión alimentada por la fricción entre el MPP y el Partido Comunista.
La gestión carece de una narrativa que resista la síntesis. Ante la exigencia de explicar el rumbo del gobierno sin recurrir a eufemismos, el silencio o la ambigüedad desnudan una conclusión preocupante.
Existen atajos tentadores para cualquier oficialismo al que le reprochan tibieza. Subir el volumen. Buscar identidad a través del gesto. Exhibir el músculo simbólico.
La radicalización tiene una virtud incómoda: les desata la lengua a los extremos y los transparenta. El problema es que la intensidad hace ruido, pero no ordena. Distrae y termina en un coqueteo con ideas de dudosa viabilidad. Desde regular el tamaño de los apartamentos hasta los procedimientos de despido, pasando por gastar lo que no se tiene en lo que no se necesita. Hundir la calle de la Constitución es la metáfora perfecta de la decadencia autoinfligida.
Uruguay es tierra de cautela. Los indicadores trascienden el pesimismo idiosincrático. Los datos recientes confirman lo que se respiraba en el aire. Hubo una recesión técnica en los últimos meses del año pasado y en 2026 no se vislumbran señales auspiciosas. Al contrario.
El principal riesgo reside en la gestión: parte del oficialismo intenta pilotar un escenario de retroceso como si hubiera viento de cola. Sin un giro drástico hacia la eficacia, el país se arriesga a algo más nocivo que el estancamiento: el deterioro persistente y una factura cada vez más difícil de pagar.