La posibilidad de escribir con IA ha hecho emerger una forma de orgullo irrisoria. El orgullo de no escribir.
Hay talibanes y libertarios frente a este tema. No quiero ser ninguno de ellos. Escriba usted lo suyo, ponga su palabra, y después converse con la máquina para que le sugiera mejoras. Está bien así. Ahora, me sorprenden las personas que se jactan con total apertura de utilizar IA para escribir sus textos desde el vamos, enteros; los que se sienten muy bien de echar al mundo esos Frankenstein sintácticos, silábicos y multi-doble-punto.
Esa jactancia, esa egolatría, resulta absurda en el mejor de los casos y catastrófica en el peor. Si el lenguaje es el lugar donde los hombres todavía se revelan, parece que en el mundo pronto quedarán más bien pocos.
Me pregunto por los motivos. Uno podría decir sin demasiada dificultad que nuestros tiempos hiper-productivos y resultadistas nos llevan a ceder el terreno de la palabra artesanal y subirnos sin complejos a la calesita reduplicante del texto de nadie. Si uno tiene que aparecer frente a los demás de forma continua, ¿cómo lo haría, acaso, si no fuera adjudicándose el orgullo de hacer funcionar la prótesis de la forma más efectiva posible?
La escritura con IA da la idea de que somos lúcidos y escribimos bien, y que tenemos algo para decir que otros no. Ahí está, por supuesto, el orgullo; también la alegría de saberse, por un rato insípido, parte del mundo de los hombres.
Hay un texto polémico de 1714, La fábula de las abejas, en que su autor, Mandeville, sostiene que los vicios privados tienen beneficios públicos. En el caso del orgullo, el beneficio es la sociabilidad: nos volvemos sociables porque somos orgullosos y necesitamos a los demás para corroborar lo que ya pensamos de nosotros mismos. En los tiempos que corren, ¿cómo podemos sostener el hecho de que tantos de nosotros tengamos puesto nuestro orgullo en que seamos capaces de producir palabras sin escribir, hacer emerger textos en que no estamos presentes y apropiárnoslos felizmente?
Hay quien lo hace ocultando y hay quien lo hace confesando, presentando la transparencia como si fuera ella misma una virtud, y escondiendo así que no encuentra ningún valor en la palabra propia. No deja de ser motivo de asombro que alguien pueda enorgullecerse de su propia disolución voluntaria cuando todavía encuentra valor en la palabra como tal. Siempre es, en todo caso, una fractura interior en el sujeto aquello que lo lleva a oficiar los absurdos psicológicos más llamativos.
El resultado es un orgullo paradójico que, debiendo volvernos sociables, produce un discurso en que no hay nadie con quien socializar. Es, quizás, la forma más extrema del orgullo, querer la corroboración de la propia supuesta virtud sin la exposición.
A lo mejor por mi impostación (quizá impostura) filosófica, la renuncia a la palabra propia me resulta especialmente indeseable. Esto no es la muerte del autor que teorizaron Barthes o Foucault, donde el autor existía primero, al menos de forma mítica.
Acá el autor nunca llega a morirse porque nunca nace. La efectividad de la cuestión es que se trata de un discurso vacío, banal en su sentido más radical: sin maldad ni intención, sólo ausencia de pensamiento, y esa ausencia produce un discurso en que no se deja ver absolutamente nadie. Imagínese usted, además, que ese discurso forma parte del sistema general de los discursos de nadie.
Quiero decir, de la esfera de la palabra producida de por IA y no leída por nadie. Si uno ya imagina qué cosa escribió ese mamarracho prostético, ¿para qué se molestaría en leerlo? Estamos en el mundo en que el aparecer demuestra el nadie-por-aquí, nadie-por-allá de nuestras escrituras y lecturas cotidianas.
Pero uno quiere leer personas del otro lado, que piensan y sienten, que se esfuerzan por poner su palabra, que dan cuenta del peso del argumento en lo que dicen y del peso de una vida en lo que hablan.
Esto es, escritura donde la existencia misma está en juego.
Frente a un panorama así, al menos a mí, con mi impostación/impostura, me parece que existe un espectro virtuoso que fomentar. Si el problema es el aparecer compulsivo, la virtud tiene que ser, necesariamente, su contrario. Me refiero a la capacidad de sostener interiormente el no-aparecer, de no ser nadie por un rato, de que nadie hable de nosotros, que no seamos interesantes ni hayamos escrito tan bien.
Una virtud muy paradójica, contra-intuitiva, pero apropiada para los tiempos que corren: desaparecer. No sé si se trataría de otra forma de orgullo, tampoco me importa. Habría que volver a la habitación de Pascal y estar solos, sin más que las ideas que nos asolan o alegran, qué más da.
Pero mucho aparecer a uno le hace mal al estómago.
Y no se vaya a creer usted que a los demás, que tienen que leer el vómito prostético de la máquina, esto les parece muy lúcido.