Los parlamentarios del Frente Amplio llamaron a un diálogo multipartidario, con miras a renovar los titulares en la Corte Electoral, el Tribunal de Cuentas, la Fiscalía de Corte, el Tribunal de lo Contencioso Administrativo y la Suprema Corte de Justicia. En el acuerdo podrían entrar las no lejanas vacantes que han de producirse en la Suprema Corte de Justicia, donde el 10 de marzo cesará el Dr. Tabaré Sosa, magistrado de fuste que redactó sentencias y discordias ejemplarmente fundadas.
La propuesta de formar las mayorías especiales que requieren las designaciones merece tomarse muy en serio. Más allá de derrapes indeseables y ausencias no felices, nuestro Parlamento tiene virtudes de civilidad. Tales virtudes se realzan, si se compara su modo de sesionar con los escándalos y bataholas del Congreso argentino. O si se coteja la franqueza con que nuestros opositores controlan al Poder Ejecutivo con la inanidad y el silencio del actual Congreso estadounidense ante un Presidente desbocado en palabra y en actos.
Nosotros, a pesar de múltiples decadencias, seguimos teniendo rasgos y arrestos de señorío que son cimiento espiritual de nuestra República. Si se logra dialogar desde esas vetas nobles, llenaremos no sólo cargos en los órganos de Justicia y contralor. Además, y sobre todo, nos daremos a nosotros mismos un festival de convivencia con grandeza, que como ciudadanos necesitamos para oxigenarnos el civismo y asegurar un horizonte abierto a lo que hagamos
Los órganos de contralor y de Justicia son lo menos vistoso de la vida pública. Carecen de poder político. No alimentan clientela. No generan relumbrón. Pero en su función, que parece imperceptible, radican las más delicadas garantías de la vida del Estado. Así como nuestro organismo tiene redes y glándulas que nos sostienen sanos, sin que las sintamos hasta que nos enfermamos, el aparato estatal se integra con reparticiones que no son partidarias, pero con su apoliticismo garantizan la vida política.
En un tiempo de relativismo y funcionalismo miope, debemos alzar la mirada hacia la estatura institucional con que el Uruguay irguió ejemplarmente un Poder Judicial, una Fiscalía de Corte, una Corte Electoral y un Tribunal de Cuentas que sostienen el edificio de la República. Si se logra integrarlos por acuerdo de todos los partidos, nombrando ciudadanos con valía para la fajina independiente, volveremos a convencernos de que la alta política vence a apetitos y fanatismos; y elevaremos el tono energético de un cuerpo social que está exhausto.
En un mundo donde la democracia cruje, volveremos a marcar una gran diferencia, como en los mejores tiempos de nuestra historia, pues daremos un paso muy importante rumbo a la normalidad vivencial que perdimos cuando nos dejamos injertar el molde “izquierda versus derecha”, acallando lo que eran nuestras tradiciones partidarias y lo que fue nuestra filosofía colectiva.
Eso sí: que el diálogo empiece ya, sin perder tiempo.
Porque el 15 de enero, el Presidente Orsi anunció en el Cefir que encargaba un documento a presentar a los partidos, con miras a definir también por consenso la postura de Uruguay internacional. Aplaudimos expectantes. Pero en un mes y medio no ha aparecido ni una carilla.