Nunca más... hasta ahí nomás

El medio siglo del golpe de Estado removió muchas cosas en Uruguay. Hubo recuerdos, homenajes, reclamos. Hubo también intentos de explicar los motivos detrás de ese quiebre institucional que afectó a nuestro país en el marco de un conflicto regional provocado por la guerra fría, y el mesianismo revolucionario. Algo que para muchos era imposible que pasara en Uruguay. Pero pasó.

El País realizó una espectacular cobertura por partida doble. Y lo podemos decir porque al estar fuera del país en los días previos, poco tuvimos que ver con la misma. El domingo previo se hizo una edición especial, con todas las voces, imágenes y análisis de los hechos. Y el lunes una apasionante cronología, explicando los hechos que llevaron desde el “febrero amargo”, al golpe de junio.

Hubo también una columna de nuestro director Washington Beltrán, quien era un joven periodista en aquel momento. Y que explica, de manera clara, las disquisiciones y divisiones que habían en El País en ese tiempo trágico. Algo esencial para entender la postura del diario que, lejos de la visión maniquea que muchos han querido imponer, fue mucho más compleja y llena de grises.

Una vez, invitado a un programa de radio, se nos preguntó si sentíamos que El País debía pedir disculpas por algunos editoriales publicados en aquellos tiempos. La respuesta fue que no. No porque no haya habido piezas que, leídas con la mirada actual, no nos avergüencen. Como también hubo otras piezas y actitudes que nos llenan de orgullo. Pero el tema es que hacer juicios de ese tipo en el 2023, sobre lo que pasó hace 50 años, nos parece no sólo frívolo, sino barato. Hoy es fácil ser guapo y principista. Había que serlo en aquel tiempo, con los militares apuntándote de un lado, y del otro los guerrilleros poniéndote bombas, o copándote la casa, como les pasó a varios jerarcas de esta empresa antes del golpe.

Ahora bien, más allá de valoraciones históricas, hubo algo del tono que marcó este recuerdo que hace ruido. Una especie de almíbar democrático, donde la gente más diversa reivindicó el valor supremo de la democracia, y gritaron con fuerza “nunca más”.

En muchos casos de manera bastante hipócrita.

Estamos viendo cómo medio siglo después hay actores que se atribuyen el derecho a usar la mentira y hasta la violencia directa como parte de su estrategia política. Con discursos que parecen calcados a los de los años 60 y 70. Son, como eran también en aquel tiempo, minorías ruidosas. Pero lo alarmante es que otros grupos, mucho más representativos, lejos de condenarlos, los justifican o relativizan sus acciones.

Acabamos de tener un ejemplo claro con el caso del sindicato de OSE. Uruguay vive un momento crítico en materia de suministro de agua. Y no es por el accionar de ninguna empresa privada, o empuje neoliberal. Por el contrario, sucede en un rubro estatizado hasta lo más profundo, luego de la reforma constitucional del 2004. Algo que nos recuerda aquella frase de Friedman de que si ponés al Estado a cargo del Sahara, en un par de años va a escasear la arena.

Pero pese a ello, dirigentes sindicales de OSE se sienten con derecho a lanzar un conflicto sangriento. Y llegan al límite de tirar bombas de humo dentro de un edificio público para agredir a jerarcas y compañeros que no quieren parar. ¡Y lo justifican como si fuera algo normal!

Más grave aun, el jerarca representante del principal partido de oposición en el ente, el señor Ortuño (cuyo sector dirigió esa empresa años y es bastante responsable de la situación actual), los defiende y dice que fue “una actividad legítima” ¿Legítima?

Pero lo de OSE no se trata de un caso aislado. En este momento circulan cantidad de videos de lo que está pasando con el conflicto del Sunca en Maldonado. Con amenazas y violencia descarada sobre quienes no se suman al mismo. ¿Es eso democrático? ¿Qué va a pasar si un trabajador no huelguista decide enfrentar esa prepotencia? ¿O si interviene la policía? Cuando se acepta la violencia como parte del juego político, se inicia un camino de final impredecible... Y funesto.

El tema no son solo las acciones. El 27 de junio hubo un emotivo acto de la FEUU, rodeando el Palacio Legislativo con velas. La principal dirigente de ese gremio, a quien todos los medios entrevistaban sensibilizados, hace apenas un par de meses en una entrevista dijo que la democracia no servía. Porque cuando llegaba un gobierno que daba conquistas “a los trabajadores”, después venía otro de distinto color y cambiaba todo. Y lo dijo sentada muy oronda junto a los senadores Bergara y Sánchez, que miraron para otro lado ante esa barbaridad.

Hace 50 años la sociedad uruguaya en su conjunto, sin demonios en los que descargar las culpas, empezó subestimando a la democracia y cometió uno de los peores errores de su historia. Parece que algunos no aprendieron nada.

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