Nuevos pujos totalitarios

Es para preocuparse el stand up que el señor Javier Milei, presidente de la Argentina, presenta en distintos escenarios del mundo, desencadenando conflictos de los cuales el último provocó el retiro de la embajadora de España en Buenos Aires. Lo cual no arredró al orador, que potenció sus denuestos contra el presidente español Pedro Sánchez, en un reportaje televisivo que le hizo un comedido que funca de periodista.

El estilo simplificador del muy leído economista y su lenguaje salpicado de groserías y palabrotas inquieta hasta a quienes comparten con él la ojeriza contra las empresas públicas y el intervencionismo de Estado. Y sin embargo, no es eso lo que más debiera sacudirnos.

Es que en cada round no se presenta únicamente un gobernante que canta, insulta y hace su show, sino un ideólogo que levanta banderas de combate contra los que considera enemigos, dándole portazos al diálogo y cerrando sus posturas con el vulgarismo de un carajear impropio del liberalismo que dice profesar.

En otras palabras: detrás de lo desgreñado de su peinarse y deslenguado de su hablar, el pensamiento que asoma en Milei tiene hilachas de fanatismo y se apoya en enfoques unilaterales que parecen semillas de totalitarismo, cuyo riesgo no se neutraliza por el uso del membrete “libertario”, ya que en el siglo pasado ese vocablo dio nombre al anarquismo tanto romántico como tirabombas.

En la bipolaridad extremista que viene abriéndose paso al contraponer una internacional de derechas a la vieja internacional de la izquierda, se olvida que el nazi-fascismo y el comunismo aparecieron en el siglo XX como enemigos entre sí pero emergieron con un diseño en común.

Su esquema se vertebró como una fe absoluta en una propuesta fundamental elevada a mito redentor: la superioridad de la raza en el nazismo, la superioridad de la nación en el fascismo, la superioridad de la clase proletaria en el comunismo. Del culto a ese mito nacía el odio al enemigo y la expectativa de forjar un enorme cambio global mediante soluciones objetivas llegadas desde afuera de la persona, por gesta colectiva ante la cual el individuo debía entregar su destino, aceptando reducirse a pigmeo manejado por fuerzas históricas desatadas.

Fue con ese esquema que se inflamaron mentes y multitudes, encadenándolas a sistemas que constreñían “todo” en torno al mito básico, y por eso la doctrina los bautizó “totalitarios”.

Esto el Uruguay lo supo bien, por lo cual pudo sufrir una dictadura que no cuajó en totalitarismo pese a los propósitos de algunos. Justino Jiménez de Aréchaga, inolvidable Maestro de Derecho Constitucional e ilustre luchador por la libertad, nos enseñó la estructura interna de las visiones totalizantes, que costaron atrocidades, crímenes y guerras.

Hay que tener todo esto muy presente porque en el siglo XXI asoma, lejos, el fanatismo de Estados teocráticos, donde el mito es la voluntad de un dios en cuyo nombre se asesina. Y asoman, cerca, fanatismos que colocan al libre-mercado absoluto en el centro de una esperanza mítica, y salen a repudiar al Estado, a confundir a todos en la misma bolsa de “enemigos” y a insultar y odiar a quienes insistimos en la humana osadía de pensar únicamente embanderados con la libertad creadora, hija de la vida y fuente de vida.

Por todo eso, y porque la Argentina ya hizo una trágica experiencia totalitaria en los duros tiempos del primer Perón, los bochornos de Milei internacional no deben distraernos de la laya y el peligro del ideario que enarbola.

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