A mediados del siglo XX Chile sufría un proceso rápido e inarmónico de crecimiento de su capital por gran migración interna. Era un problema serio que cualquiera con cierta responsabilidad y perspectiva debía ayudar a combatir. Un día, al terminar un acto público en provincia, una persona se acercó al presidente de la República para quejarse de la mala calidad de los servicios públicos y de la falta de oportunidades que había en el pueblo. Hasta el día de hoy causa gracia la respuesta presidencial, por lo demagógica: “pues véngase a la capital mi amigo, allí todo está mucho mejor”.
Uruguay sufre una demagogia tan asentada como omnipresente. Nadie está dispuesto a oponerse a medidas fáciles y populares, porque además aquellos que en el pasado contradijeron ese tipo de medidas lo pagaron políticamente caro. Los ejemplos son numerosísimos, pero baste un par aquí. El primero es que todo el mundo sabe que es imposible sostener jubilaciones a los 60 años y que la reforma de 2023 es gradual y posible; en 2024, ganó el gobierno quien prometió poder jubilarse a los 60 años. El segundo: se sabe que la única solución de fondo para lo de Ancap y el portland es cerrarlo; nadie lo hizo y, hoy, las perspectivas son de fideicomiso y mayor inversión para perder allí más dinero.
Estamos así ante un problema sustancial y que no tiene arreglo por tres motivos. Primero, porque no hay comprensión ciudadana a gran escala de las limitaciones presupuestales, es decir, una extendida y mínima formación financiera, de esa que es explicada por ejemplo en “Economía para Matías”: “todos tenemos restricciones presupuestales que están dadas por los recursos de los que disponemos”; o “los impuestos que recauda (el Estado) le permiten gastar tanto dinero en seguridad, tanto en salud o en enseñanza. Y, de nuevo, solo si se endeuda puede pasar el límite que le ponen los impuestos que recauda que son, en definitiva, los ingresos con que cuenta”.
Segundo, porque al carecer de esa base mínima de entendimiento colectivo de la realidad, aquel dirigente político que diga verdades que se opongan a abrir la bolsa de recursos del Estado y repartirla con criterio más o menos clientelista, es obviamente dejado de lado en la preferencia electoral; cuando no, además, menospreciado moralmente. Nadie gana, y ni siquiera vota bien, prometiendo austeridad, o como decía aquel presidente de Peñarol: nadie festeja balances.
El tercer motivo es histórico y comportamental: siempre Uruguay estuvo más o menos así. Siempre hubo déficits y salvatajes, siempre se quejaron del atraso cambiario los más ricos y siguieron luego haciendo plata, y siempre hubo problemas de presupuesto que se resolvieron parcialmente con presiones. Nadie cree aquí en el cuco de la caída total, porque es como el pastor mentiroso: se lo agitó muchas veces y al final nunca hubo lobo. Alcanza con ver Argentina: todo el discurso de la motosierra y el no hay plata de Milei ha funcionado porque se les cayó el país de verdad en 2023, algo que aquí ni siquiera con la crisis de 2002 ocurrió, ya que se siguió pagando sueldos y jubilaciones y no hubo hiperinflación ni default.
Nuestro horizonte es la demagogia extendida. Y al que no le gusta, todo el mundo sabe hace décadas cuál es la solución: el aeropuerto.