Causó sorpresa entre quienes miramos tevé abierta el desembarco intenso y contundente de una campaña publicitaria de la Comisión pro Referéndum contra 135 artículos de la LUC.
Días pasados habían arrancado con un spot que proponía firmar contra la ley como si lo hiciéramos para casarnos o pedir un préstamo. El lunes pasado agregaron una importante artillería, desmenuzando supuestas injusticias de la norma que no son tales.
Y ayer mismo, El País informó de la polémica surgida en el seno del Partido Nacional sobre si debía responderse o no. La verdad es que se trata de una decisión delicada, que implica riesgos ante cualquiera de los caminos que se tomen.
Por un lado es evidente que publicar una contracampaña contribuiría a colocar en la agenda un tema que no parece estar presente en el interés ciudadano. En toda comunicación de persuasión política debe tenerse en cuenta que divulgar una réplica desde una posición de poder, siempre enaltece el punto de vista contrario, asignándole el valor de merecer ser debatido. Sin embargo, también es cierto que guardar silencio contra una campaña intensa, trasmite involuntariamente un mensaje de aceptación, aquello de que "el que calla otorga". Sobre esto, uno de los más grandes analistas de comunicación de Argentina, Alberto Borrini, escribió un revelador libro que se titula justamente "El silencio no es negocio".
Mi experiencia en estos temas me indica que ambos extremos son inconvenientes. No responder en absoluto es dejar crecer la sombra de la duda en un público poco informado, al que le están diciendo en plena tanda publicitaria de Got Talent mentiras totalmente disparatadas, como que la LUC favorece a la enseñanza privada en detrimento de la pública o lesiona derechos sindicales. Pero pautar una acción de comunicación equivalente, respondiéndole, sería también colocar el tema en el primer renglón de la agenda setting. Lo que parece conveniente es, en cambio, generar una institucionalidad ajena al gobierno y a la coalición, que responda a aquellos dislates con la explicación sencilla de los artículos de la propia ley: puede ser a través de un sitio web que nutra una estrategia multiplataforma en redes sociales, por ejemplo. La no partidización de esa iniciativa es fundamental: agitar banderas blancas y coloradas en defensa de la LUC, les daría pie para atraer a la totalidad de votantes frenteamplistas en su contra.
La mayor influencia persuasiva en comunicación política no la tienen los medios masivos. La clave está en los grupos de pares: familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo que conversan sobre los temas y que necesariamente deben poder acceder a fuentes de información que separen la paja del trigo. No basta con decir que la LUC fue negociada y aprobada en el parlamento; ahora hace falta defenderla, sin otra fanfarria que la decodificación simple de los artículos cuestionados.
Si bien a los partidarios de la derogación les queda un trecho largo para alcanzar las firmas y con un plazo constitucional relativamente próximo, la ausencia de comunicación en contra lo único que logrará será allanarles el camino. Habría que empezar por responder esa frase con que cierran el primero de sus spots publicitarios: “juntemos nuestras firmas contra una ley creada por pocos...”. ¿De verdad son pocos los legisladores que la votaron, ejerciendo la representación del 60% de la ciudadanía?