Montevideo está llena de personas que no pueden ni quieren angustiarse. No digo “gente” porque me parece un término sospechoso. Miguel de Unamuno se quejó alguna vez de un cómico latino que decía no sentirse ajeno a nada humano; la humanidad, a Unamuno, le parecía demasiado abstracta y prefería a las personas de carne y hueso, las que sí se angustian. No como la gente, que continúa la abstracción de la humanidad. Quizá por eso, cuando alguien dice que le pesa un poco el presente y le da vueltas el estómago al pensar en el futuro, muchas veces se responde con algo rápido y previsible: “No te angusties, che, no vale la pena”. No es una ciudad para que los angustiados anden angustiados. Menos para que lo muestren. Mejor que sean “como la gente”.
Alexander Castleton escribió hace un tiempo en este diario una columna en la que nos llamó “sujetos psicologizados” y advirtió sobre cómo nos acostumbramos a definirnos en términos terapéuticos. Razón no le falta. Ojalá esté de acuerdo con que le agregue que también nos tratamos en esos mismos términos. Nos ocupamos de los otros con un tono casi clínico, y ellos hacen lo mismo con nosotros. No porque nos salga demasiado bien, sino porque ya no sabemos bien cómo hablar de lo que duele si no es así. Y diría que a veces es la propia psicología la que, psicologizando, no nos deja distinguir una cosa de otra.
En Montevideo es difícil angustiarse. Es una paradoja: no nos podemos angustiar porque estamos llenos de psicólogos y terapeutas, con o sin título, hijos de la clínica o del sentido común de café de la esquina. ¿Dónde está la paradoja? En que es justamente la psicologización del sujeto la que le impide angustiarse de verdad. Porque la angustia pasó a formar parte del espectro de categorías interpretativas de la psicología y en general se la empuja hacia el lado de la ansiedad, que sí es una condición clínica. Ansiedad hay por todos lados. Se puede tener ansiedad porque hay ansiolíticos. La angustia, en cambio, es otra cosa, y lo clínico ahí no parece alcanzar.
Ha habido pensadores lúcidos que hablaron de ella: Heidegger, el insufrible Sartre, Unamuno o Freud, el extrañísimo Lacan. Incluso Frankl, a quien nadie lee y todos critican, dejó algo dicho. Pero nadie fue más claro que un danés del siglo XIX, Søren Kierkegaard, que escribió El concepto de angustia en 1844. ¿Qué tiene para decirle ese hombre jorobado a un montevideano de 2025? Que la angustia es el vértigo de la libertad.
Al montevideano, la libertad le gusta mientras quede en abstracto. Cuando se vuelve concreta, marea un poco. Porque la angustia es como el mareo que da al asomarse al borde de una torre muy alta. No es que el vacío empuje: es que uno siente la extraña libertad de tirarse. No es ansiedad ni miedo, que tiene un objeto concreto. La angustia es más el temblor que aparece cuando la libertad se mira a sí misma y se da cuenta de que puede elegir. Es la posibilidad de poder. Y esa posibilidad, tan atractiva en los discursos (políticos, ni que hablar), se vuelve pesada cuando es real. La libertad, pese a quien pese, no es sólo un derecho, también es un abismo.
Kierkegaard decía además que la angustia es una simpatía antipática y una antipatía simpática. Uno quiere y no quiere lo que quiere. No está atado a su deseo “como el sarmiento a la vid”, y eso lo hace libre. En el mundo humano no manda la necesidad, lo que no puede ser de otra manera, sino que lo condiciona la libertad. Por eso uno se angustia. Y sin angustia no hay persona. La angustia aparece cuando aparece lo más propio, aunque uno no sepa qué hacer con eso.
Tal vez por eso Montevideo no es una ciudad hecha para la angustia. Angustiarse de verdad es un acto demasiado personal, y acá, en general, se prefiere ser “como la gente”.
Doctor en Filosofía – Director de la Licenciatura en Filosofía UCU