Los dos llegaron al límite. La de Benjamín Netanyahu y Yahya Sinwar parece una de esas peleas en la que ambos contendientes están exhaustos y pierde el que se cae primero; mejor dicho, gana el que se desmorona después.
Por cierto, ni el primer ministro israelí ni el líder de Hamás están militarmente vencidos. Lo que cada vez tienen menos es resistencia política para mantenerse en guerra. Políticamente, los dos están contra las cuerdas.
Según el cálculo israelí a Hamás le queda al menos el 50 por ciento de sus combatientes y armamentos, lo cual es bastante para mantener la estrategia diseñada para dañar a Israel más en la dimensión de la opinión pública mundial que en el campo de batalla. Pero según la CIA, por primera vez los civiles gazatíes han comenzado a responsabilizar a Sinwar por la tragedia que están padeciendo.
La indignación popular con la cúpula de Hamás sería tan gravitante, que causa tensiones entre los jefes de los escuadrones yihadistas. Según la CIA, va creciendo el número de mandos altos y medios de la milicia Al Qassem que exigen a Sinwar aceptar la tregua propuesta por Joe Biden.
El camino trazado por Washington conduce, en etapas, hacia un nuevo gobierno en Gaza en el que no pueden estar ni Israel ni Hamás. No sólo Israel tendrá que retirar sus fuerzas; también Hamás deberá entregar sus armas y salir del territorio que hasta ahora gobernó. Si ese es el resultado final, Netanyahu quedará con algo que puede presentar como victoria. Pero será pírrica, porque el daño que le causó a la imagen y los vínculos de su país en el mundo son demasiado grandes.
Eso era precisamente lo que buscaba Sinwar al lanzar el pogromo del 7 de octubre. Los yihadistas masacraron con ensañada crueldad para que Netanyahu lance el ejército israelí sobre la Franja de Gaza. Allí lo esperaba una versión urbana de lo que el vietcong hizo en la jungla de Vietnam. Los milicianos cavaron un laberinto de túneles en la selva para escabullirse después de cada emboscada a las fuerzas norteamericanas. Siguiendo las tácticas y estrategias del general Vanguyén Giap, quién al frente de los vietming había vencido a los franceses en Dien Bien Phu liberando el norte del país, los vietcong se mimetizaron con el follaje y enloquecieron a las tropas estadounidenses que se adentraban en la jungla. A los marines les costaba distinguirlos de las malezas. Por eso decidieron cometer un crimen ecológico: exterminar buena parte de la selva con defoliantes como el Agente Naranja.
Probablemente la estrategia de Hamas fue diseñada por el general Qassem Suleimani, el Vanguyen Giap iraní al que mataron los norteamericanos en Bagdad. Mohamed Deif es el discípulo gazatí del militar que lideró la Fuerza Quds. Ese comandante de Hamás logró convertir las ciudades y los campos de refugiados de la Franja de Gaza en una selva de cemento. Los yihadistas usan los túneles como lo habían hecho los vietcong. Aparecen, disparan sus armas y se ocultan. También usan casas de familia, escuelas y hospitales como trincheras.
En todas las ocasiones, salen a realizar sus ataques vestidos como el común de los gazatíes. Nunca usan sus uniformes, por lo que los soldados israelíes bombardean masivamente casas y edificios, además de disparar a mansalva sobre cualquier persona que hiciese un movimiento sospechoso.
Deif y Sinwar crearon un conflicto en el que Israel cometería, inexorablemente, crímenes de guerra, y lo lograron. Los bombardeos masacran civiles al por mayor. Entre las miles de víctimas hay un alto porcentaje de niños. A eso se suma la dificultad creada por Netanyahu para que ingresen alimentos y medicamentos al territorio arrasado. Una gran cantidad de crímenes en una guerra que, así planteada, no le ofrece alternativas.
Eso es exactamente lo que había calculado Hamás. Las emboscadas de milicianos mimetizados con civiles que salen de casas, de escuelas y de hospitales para atacar y volver a ocultarse entre la gente, generan represalias indiscriminadas en las que siempre hay más muertos civiles que militares.
Pero no todos los cálculos de Sinwar fueron exactos. No había pensado que Netanyahu sostendría la ofensiva a pesar de que los crímenes que comete empujan a Israel al aislamiento internacional y lo someten a presiones fuertísimas hasta de sus propios aliados para detenerla. El saldo de la ofensiva certifica el crimen israelí, pero en la intemperie y la indefensión, los gazatíes entendieron que son la carne de cañón de la estrategia de Hamás. Una estrategia tan o más criminal que los bombardeos de Israel.
Entender que sus muertes son el arma de Hamás, los lleva a repudiar a la organización yihadista, exigiéndole acabar la guerra como sea.