JUAN MARTÍN POSADAS
Uruguay es un país que está acostumbrado a pensarse a sí mismo como región donde no pasa nada y si pasa algo, ¡pasa tan despacio! A muchos les gustaría que fuese así: pero no es. Pasan cosas. Donde están teniendo lugar transformaciones vertiginosas es en el campo. Algunos observadores sagaces han hablado de un maremoto de la agricultura. Sucede que los precios internacionales se han ido a las nubes y eso ha llevado a que la agricultura se haya convertido en un gran negocio que empuja todo a su paso.
En nuestro país sucede con frecuencia que nos asusta más aquello que va rápido que lo que se desplaza con lentitud (a pesar de que toda la evidencia empírica disponible señala que nuestros males no han sobrevenido por ser atropellados sino por la irritante parsimonia con que encaramos los quehaceres). En el Uruguay existe también una forma de cultura nacional que arroja una sospecha primaria sobre cualquier actividad o circunstancia que produzca mucho dinero. Por estos dos motivos algunos conciudadanos están activando señales de alerta sobre el actual desarrollo de la agricultura, en particular de la soja. Es extraño; es como si los árabes se pusieran nerviosos y en guardia con la suba fabulosa del precio del petróleo. ¡Vivimos en el país de las cautelas y las precauciones!
El principal motor del actual empuje agrícola es la soja. Ese impulso, en lo que a Uruguay refiere, proviene de dos causas; por una lado el precio internacional que no para de subir y, por otro, el maltrato inexplicable que están recibiendo en la Argentina los agricultores, sobre todo los sojeros.
El fuerte desarrollo de ese cultivo en nuestro país, además de satisfacciones obvias, plantea desafíos y problemas. Se trata estrictamente de problemas del sector pero, como afectan a mucha gente, a una considerable porción de tierra y a mucho movimiento de dinero, se convierte en algo que el país como tal debe considerar.
Un primer aspecto es que este cultivo, por razones de precio, desplaza a otros anteriores. Esto no sería mayor problema: se trata de una decisión empresarial, revertible si cambian los precios. Pero si la soja desplaza a la lechería, entonces hay que hilar más fino. La reconstrucción de una cuenca lechera, infraestructura y habilidades de trabajo, es algo a ponderar.
El precio mismo de la soja plantea interrogantes. Con los precios actuales el rendimiento económico de una hectárea destinada a la ganadería es mucho menor que el de una hectárea de soja. En consecuencia, la agricultura desplaza a la ganadería de las mejores tierras (y aún de las otras). La ganadería está asociada a un complejo industrial, frigoríficos y toda la cadena cárnica con miles de puestos de trabajo. La soja no.
También abre interrogantes el mismo precio. Se entiende que los granos que son de consumo humano directo hayan subido de precio porque los chinos que antes no comían ahora comen. Otros granos explican su aumento porque son de doble propósito, como el Corriedale: sirven para consumo directo, para ración animal y como combustible (etanol). Pero la soja es usada principalmente como ración animal, es decir, es sólo un insumo para producir carnes (rojas o blancas). ¿Cómo puede un insumo valer más que el producto final? ¿Qué lógica económica explica que la soja ocupe el campo del ganadero, lo desplace y lo deje sin campo?
Estos interrogantes son válidos, hay que estudiarlos seriamente, pero sin temores ni angustias y, sobre todo, sin profetizar desastres sólo porque el viento sopla a favor.