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Milei y el efecto Zelig

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En 1983, Woody Allen estrenó Zelig, película que, bajo el formato de un falso documental, mostraba la vida de Leonard Zelig -encarnado por Allen-, llamado “el camaleón humano”, por la capacidad que tenía de adaptar su aspecto exterior de acuerdo al entorno en el que se movía. Se convertía en chino si estaba entre estos o podía ser un rabino y hablar como ellos si la ocasión se lo imponía. Esa condición proteica y cambiante de Zelig podría aplicarse a Javier Milei, si nos atenemos a las mutaciones que se han registrado en su persona desde que ganó el balotaje.

Qué duda cabe que Javier Milei, luego de ser electo presidente, es ya la figura política del año, al menos en Latinoamérica. Su aparición en el escenario se remonta a poco más de dos años atrás, pero el impacto de su figura ha repercutido en varios niveles, por empezar el mediático, en el cual ha sido un protagonista excluyente, antes, durante y después de la campaña que lo instaló en la primera magistratura de la nación hermana.

Es claro que en este lapso de tiempo que corre hacia el próximo domingo 10 de diciembre, fecha en que deberá asumir el cargo, el interés sobre Milei se ha centrado en la configuración de su gabinete de ministros y demás funcionarios de confianza. También en la evolución del progresivo baño de realidad que ha hecho que sus propuestas maximalistas, radicales y anarcocapitalistas empiecen a relativizarse y a ceñirse a límites que el escenario crítico de la nación impone. Sin quererlo, asume lo que una vez dijo Perón: “la única verdad es la realidad”. Ello determina que varias características de su personalidad que antes de la elección fueron la comidilla de los medios, en especial los más sensacionalistas, hoy queden relegadas a un segundo plano. En tal sentido apelo a una comparación inevitable ante esos cambios: ¿Estamos ante un Zelig de la política?

El aspecto exterior de Javier Milei fue y es lo primero que llama la atención de su figura. El cabello largo y siempre revuelto y las profusas patillas definieron lo que podría llamarse, en términos de comunicación, un producto diferente y radicalmente distinto a sus competidores políticos y aún a quienes no lo eran. Surgió casi como un rockstar de la política. Esto puede ser comparado con la irrupción, años ha, del caudillo de La Rioja Carlos Menem, también con exuberantes patillas y pelo a lo prócer. Ya sabemos cómo evolucionó aquel look rupturista y épico y los cambios que sufrió: desde el teñido al entretejido capilar con rebaja notoria de aquella salvaje pelambre. Dichos cambios estéticos acompañaron el itinerario político de Menem.

Milei, con sus gritos histéricos, los ojos a punto de salirse de las órbitas y el discurso de un fanático exaltado, logró que, además de ser comparado con un león, se convirtiese para quienes lo votaron en el ángel exterminador de lo que él llama “la casta”, con la cual ahora negocia. Pero, detrás de ese acting que pareció salido de un cómic o de la camaleónica condición de Leonard Zelig, hay más aspectos que llaman la atención. Si se lo analiza bien, su incontenible ascenso debería ser inquietante de por sí, más allá de lo que propone políticamente.

Su condición de outsider absoluto ha sido explicada ya de muchas maneras, pero todas se enfocan en un aspecto simbólico que encarna el personaje: un rayo justiciero que cae sobre los responsables de la calamidad que hoy padece la Argentina. Pero es muy raro que alguien sin estructura partidaria, casi sin bancada parlamentaria, sin un solo gobernador en un sistema federal, sin haber ocupado antes ningún puesto relevante en la política se haya llevado puesto nada menos que al peronismo y hecho saltar por el aire a Juntos por el Cambio. Sin dudar de sus convicciones ideológicas ultraliberales y su adhesión a la escuela aus-tríaca en economía, creo que con Milei estamos ante un personaje político inédito que todavía es un enigma.

Hoy, el hombre que en su campaña política pateó todos los tableros y pisó todos los callos, se muestra en las entrevistas casi rivotriliado y hasta luce sensato. Ha comprendido que por ahora tiene que dejar el Banco Central en donde está y que la sobada dolarización que tanto agitó carajeando y con el puño en alto, no puede hacerla porque en Argentina no hay dólares y el déficit fiscal es astronómico. Lo que dijo antes equivalía a pretender reformar una casa en momentos en que está incendiándose.

No obstante, y fiel a su condición de engendro político zeligiano, en su primer viaje al exterior con destino a Estados Unidos y Washington, sorprende al establisment peregrinando antes a El Ohel, ubicado en 226 Francis Lewis Boulevard de Queens, en Nueva York. Este es un sitio sagrado para el judaísmo mundial. Allí se encuentran los restos mortales del sexto Rebe de Lubavitch, el Rabino Yosef Y. Schneerson, y también los de su yerno, el rabino Menachem M. Schneerson, séptimo líder de la dinastía jasídica Jabad-Lubavitch. El sitio no solo es un destino sacro para el judaísmo sino para muchas personalidades encumbradas y líderes de otros credos que, por algún motivo especial, se acercaron al lugar. Así fue en el caso de los presidentes John F. Kennedy, Franklin D. Roosevelt Jr., Ronald Reagan y Jimmy Carter También visitaron el Ohel de Queens Ivanka Trump, la hija de Donald, pocos días después de la victoria que llevó a su padre a la Casa Blanca.

Antes de los comicios en Argentina, Javier Milei estuvo en el cementerio judío de Queens donde se encuentra el Ohel, luego de interiorizarse en el estudio de la Torá, con el jasidismo que lleva el sello y la esencia divina del Rebe de Lubavitch. Por eso uno de sus primeros actos fue viajar para agradecer al Rebe en su tumba su triunfo electoral del 19 pasado. Cabe aclarar que Milei no es judío y su presencia la cumplió como “converso”.

Según el Rabino Tzvi Grunblatt, director de Jabad Argentina, la visita no tiene que ver ni con una línea política, ni con ningún partido, sino que es una cuestión de adquirir inspiración personal de la grandeza de un hombre despojado de sí mismo y entregado al servicio a Dios, la comunidad, el pueblo judío y a la humanidad toda.

Es probable entonces que el exaltado y vociferante Milei, ahora calmo y realista ante la situación en la que recibe el país que deberá gobernar, haya ido al Ohel en busca de esas fuerzas que según él mismo dijo son “las del Cielo” y de la serenidad necesaria para tomar el hierro caliente que será la presidencia. En todo caso, el efecto Zelig seguirá operando y quién sabe qué versión de Milei veremos una vez que se coloque la banda presidencial. En una semana les digo.

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