En el ambiente de quienes trabajamos en comunicación política siempre se recuerda una anécdota muy graciosa. No mencionaré a su protagonista porque carezco de respaldo documental; tal vez no sea más que una leyenda. Se trataba de un querido caudillo del interior, perteneciente a un partido fundacional. El hombre, campechano y poco afecto a protocolos, hacía un encendido discurso en una plaza. En determinado momento, llevado por la pasión oratoria, se dice que abrazó a su esposa y exclamó “en todos estos años he engañado a esta mujer muchas veces, pero a mi pueblo, ¡jamás!”.
Esto fue lo primero que me vino a la mente cuando me enteré del insólito lapsus linguae del presidente del FA, Fernando Pereira. A la pregunta de Jorge Balmelli sobre si el FA mintió con la promesa de no aumentar impuestos, respondió que “prefiero mentir en esto, a no tener recursos luego para transferencias para niños y niñas”. Tal vez sea uno de los porrazos comunicacionales más impactantes de la historia reciente. Lo del viejo caudillo del interior nos hacía gracia, por lo disparatado; lo del presidente del FA, en cambio, avergüenza a propios e irrita a ajenos.
Es claro que lo de Pereira fue un lapsus, uno de esos errores involuntarios que se cometen al hablar sin pensar. Pero aún siéndolo, puede ser confrontado con antecedentes que lo legitiman. Pienso en algunas de las consignas que proclamó el FA desde 1984 hasta ahora: primero era “no pagar la deuda externa”, luego, en el poder, por suerte la siguieron pagando. Después, un proyecto de ley de asociación de Ancap con privados que fuera redactado por Astori, Couriel y Rubio, al que los mismos frenteamplistas terminaron volteando en un referéndum, porque decían que privatizaría a la empresa.
Más adelante, las asombrosas mentiras de la campaña contra la LUC: que privatizaría la educación pública, que echaría a inquilinos a patadas, que fundiría Antel (¡por el simple hecho de habilitar el cambio de compañía, manteniendo el número!). La increíble manija contra disposiciones de la reforma previsional, que lo único que pretendían era viabilizar el sistema a largo plazo. Y ahora esto de los impuestos, que según Pereira “no afectan a ningún trabajador”. Tal vez lo crea realmente; en tal caso, el ministro Oddone debería ilustrarle sobre cómo una mayor carga tributaria sobre inversores y empresarios redunda directamente en una retracción de la oferta de empleo. O cómo la no devolución de Fonasa y el cambio de franjas del IRPF saca plata del bolsillo a gente que vive de su salario. O para poner un ejemplo concreto de mi mundo artístico: cómo la Intendencia de Montevideo deja de exonerar los recitales de música. Si se trata de artistas extranjeros, todo bien, pero para los nacionales, aunque sea menor, es un costo que antes evitaban.
Lo de Pereira es un lapsus, claro, pero que dice mucho sobre la manera de hacer política del oficialismo.
No faltarán quienes digan que el gobierno pasado también mintió, en la concurrencia al parlamento por aquel sonado caso del pasaporte a Marset. Pero hay una gran diferencia: aquello no fue una promesa de campaña electoral para ganar votos, sino una torpeza para ocultar el error de una sola integrante del gobierno. Integrante que “paradójicamente” fue recompensada por el actual con una embajada en el extranjero.
Como decía el nefasto Goebbels: lo del título.