Parecen conceptos contrapuestos, pero no lo son. El mesías político dice amar a la humanidad y pretende cambiarla desde la política y desde el poder político. Posee la receta de la perfección social y la va a tratar de imponer a sangre y fuego, porque la perfección del fin todo lo legitima. El mesías político no comprende al ser humano y considera que el mundo está al revés, es perverso, injusto y decadente. Por lo tanto, debe ser sustituido por la perfección que aterrizó en sus afiebradas neuronas y para hacerlo hay que emprenderla contra la cultura creada durante siglos o milenios. No solo su base económica, también su lenguaje, sus valores, su religión. Pero la perfección solo existe en su patológica imaginación. Por eso la etapa de la construcción nunca llega y es allí cuando el mesías político se agota destruyendo y da el paso hacia la misantropía, es decir hacia el odio al género humano.
El mesías político cree poder cargar y exterminar todas las miserias humanas: “cargo inequívocamente con los millones de compatriotas pobres… de la América Latina; cargo con las culturas originales aplastadas; cargo con una gigantesca deuda social… con la necesidad de defender la Amazonia…” Son frases de quien se autopercibe como un mesías político. El haber trocado la estrategia de asesinar por la de seducir un electorado es solo menos dañina para el prójimo que la sufre, pero en esa mente enferma sigue anidando la misma arrogancia de un individuo que se propone cambiar la realidad de un planeta habitado por millones de personas y con miles de años de experiencia humana acumulada.
En una primera etapa “…quise cambiar el mundo con un revólver”. El único problema es que el revólver resultó además de criminal, ineficiente. Se abandona el revólver y se recurre a la urna. Muchos perciben en ese avance un auténtico convencimiento democrático. Pero si así fuera, lo político nunca podría colocarse por encima de lo jurídico. Lo dicho: es solo un cambio de estrategia por un tema de eficiencia política.
“Es la cosa más linda entrar a un banco con una 45… Así todo el mundo te respeta”. “Estamos infestados de economistas, escribanos y abogados”. “No sea nabo Néber”. “Cosse tiene un don a favor: es mujer, y están de moda”. Son frases de quien cínicamente celebra haber sembrado el terror entre sus semejantes, entre quienes cometieron el error de estar en un banco en el momento de un asalto terrorista. Se busca equiparar a los egresados de la educación terciaria con una infestación social, denigrar al periodista y hasta la propia condición de ser mujer. Son frases de quien odia al género humano. Son propias de un misántropo.
El misántropo cree que solo él es virtuoso y que en el modo de vida elegido por él (y solo por él) radica el secreto de la felicidad. Su mesianismo le obliga a pretender imponérselo al mundo entero con su prédica. El misántropo no necesariamente se odia a sí mismo, y en su autopercepción de ser perfecto puede llegar al narcisismo. Pero en última instancia odia lo que la cultura humana ha labrado en su propio ser. Por eso puede llegar a destruir su propio lenguaje, su presentación personal, su higiene, su apariencia exterior y contribuir al descaecimiento de todos los roles sociales que le toque desempeñar, hasta la propia presidencia de la república.