Mensaje a los blancos

El fin del año es un momento apto para hacer un balance. Balance puede ser una cuenta de lo que pasó en el año transcurrido pero más positivo es plantearse lo que un nuevo año abre como desafío, como camino a recorrer. Puesto en esa perspectiva me acordé de algo que yo había escrito hace unos años, en el 2007. Paso a transcribir.

“Desde el restablecimiento de las instituciones democráticas van cinco períodos de gobierno. (recordar que este texto es de 2007) Sólo dos de ellos optaron por tomar distancia de la complacencia y abrazaron lo que he llamado un discurso a contrapelo. Sólo dos: el gobierno de Lacalle y el de Jorge Batlle. Se podrá discutir la buena o mala comunicación que hayan hecho del planteo, los medios elegidos para concretarlo y aún el resultado final. Lo que parece indiscutible es que, en ambos casos, hubo una intuición básica de un país agotado, no tanto en lo económico productivo (aunque también) sino sobretodo en su creatividad, en su autoestima y en la vitalidad general. El sesgo del discurso político de esas dos administraciones fue de picaneo, tomado como opción política necesaria en virtud de aquella percepción de la astenia nacional.

El objetivo de estas líneas es dirigir la atención del lector (y del Uruguay) hacia las características del enfoque político reflejado en un tipo de discurso. La intuición de fondo -común a los dirigentes mencionados y a sus discursos- es que la pasión por el país y la preocupación por su destino aconsejan no consentirlo más sino enfrentarlo y sacudirlo.

Es obvio que un discurso directamente contra el Uruguay, desafiando sus hábitos y criticando sus creencias más arraigadas, no sería ni democrático ni tendría resultado. Es una desubicación pensar en una transformación del Uruguay sin el apoyo de, por lo menos, un número importante de uruguayos. Pero, en determinadas condiciones, ciertos partidos y ciertos dirigentes pueden hacer que el blindaje se ablande.

En los países donde los partidos políticos son meras maquinarias electorales poco es lo que se puede esperar. Pero en nuestro país existen partidos que, por su duración, se pueden llamar permanentes y cuya vitalidad y razón de ser ha subsistido sin vinculación directa con el triunfo electoral o con el acceso al gobierno. El caso más claro, sin ninguna duda, es el Partido Nacional, derrotado electoralmente las más de las veces.

Los partidos permanentes o históricos tienen valor porque son interpretación durable y depósito permanente de algo de la nación. Eso les confiere una función pedagógica. En consecuencia, es perfectamente posible (políticamente posible) que de allí, de ese tipo de partido político, provenga -con legitimidad suficiente y con fuerza como para ser escuchado- un planteo de autocrítica para el Uruguay, de revisión de sus usos y creencias, de desautorización de antiguos paradigmas. El discurso consentido y a favor de la corriente es fácil, es agradable, en cierto sentido es histórico: pero es de muerte. Ese es el punto. La posibilidad de una renovación animosa y hasta alegre del Uruguay está únicamente en el discurso a contrapelo. Va a salvar al Uruguay quien se anime a enfrentarlo”.

Esto fue publicado el domingo 4 de marzo del año 2007. No encuentro hoy (18 años después) nada más apropiado ni más necesario para entregar a los blancos como balance de lo que pasó y convocatoria para encarar lo que viene.

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