Lo declaró a El País el arzobispo de Montevideo, cardenal Daniel Sturla, y provocó un terremoto en redes sociales: “Hay mucha gente sola en Uruguay y se va creando esa mentalidad de no tener hijos, de dilatar los compromisos, de tener el perrito”.
El biempensantismo yorugua, tanto progre como liberal, reaccionó entre furioso y burlón. Que un célibe no puede opinar sobre lo que significa tener hijos, que discriminó a los perros, pobrecitos inocentes, etc., etc.
Con la Iglesia en este país pasa algo gracioso: si está de acuerdo con lo que la gente piensa, se la cita como prueba irrefutable. Si no lo está, ¿por qué se mete en lo que no le corresponde?
Felizmente opino con las manos libres de toda implicancia. Tengo cero afinidad con cualquier credo religioso y me defino no ateo, pero sí incrédulo de cualquier incidencia sobrenatural en nuestra pobre humanidad. Así que tendré el placer de coincidir con el cardenal Sturla sin que me etiqueten de comesantos para desacreditar mi parecer.
Lo que dice el arzobispo no puede ser más exacto.
Lo confirman los datos estadísticos: a contracorriente de las sombrías predicciones de Thomas Malthus, la natalidad en casi todas las naciones occidentales cae estrepitosamente (con la casi sola excepción de Israel), y es especialmente grave en la nuestra. Pero también se corrobora al hablar con gente que está en edad de procrear: las frases más escuchadas son “¿para qué traer hijos al mundo con lo mal que está?” Por suerte nuestros bisabuelos y abuelos no dijeron lo mismo a pesar de haber convivido con el genocidio armenio, dos guerras mundiales, el Holocausto, el Holodomor, las hambrunas del “Salto hacia adelante” chino y tantas otras calamidades.
Un argumento notoriamente más sincero pero igualmente triste, es el de que criar hijos sale muy caro. Y bien: cuando me preguntan por qué no soy “liberal-libertario”, les doy esta respuesta. El gran déficit de Occidente radica en esa visión economicista de la vida, consistente en evaluar la procreación en términos de costo-beneficio y no como mandato de la especie. Leí por ahí que en Japón se venden más pañales geriátricos que para bebés. A los obsesionados con la vida como ecuación rentable habría que recordarles que en este estado de cosas, no habrá sistema previsional que aguante.
La verdad es que, como dice el cardenal Sturla, la decisión de procrear implica un compromiso que cada vez menos gente está dispuesta a asumir. Por supuesto que hay quienes no pueden concebir o no quieren hacerlo por razones fundadas o comprensibles vulnerabilidades, pero sobran los casos en que la decisión se toma frívolamente. Y no se trata de santificar a la familia tradicional, porque los modelos familiares hoy son múltiples.
Percibo -a nivel no global, sino específicamente de los países de Occidente- un sospechoso auge de los cambios de género, que parecen dejar de ser una respetable opción individual para transformarse en moda, incentivada por las cámaras de eco de las redes sociales y una comercialización espuria de la rebeldía.
Opera también la moda no solo de tener mascotas a las que mimar como si fueran seres humanos (son graciosas y por suerte nunca te van a hacer preguntas comprometedoras), sino otra sobre la que ya he escrito en este espacio y que está creciendo en países como EE.UU. y Brasil: la de los bebés reborn, muñecos hiperrealistas que alguna gente adulta pasea por los parques en cochecitos y que incluso ha llevado a locales de vacunación, ¡obligando a que autoridades regionales brasileñas decretaran que solo se podía vacunar a seres humanos reales!
Mientras pasa todo esto, el integrismo islamista radical, que ejecuta a los homosexuales y esclaviza a la mujer, sigue la famosa consigna de conquistar Occidente no con bombas sino pariendo más hijos. La profecía que Michel Houellebecq formuló en su novela Sumisión, a la vuelta de la esquina. Una paradoja inquietante: la libertad individual conquistada después de tantos sacrificios, corre el riesgo de ser suprimida por promotores de absolutismo medieval.
Lo grave es que cuando uno habla de estas cosas, recibe el insulto o la mofa de quienes postulan la libertad irrestricta del individuo de formar o no familia, de criar hijos o cuidar mascotas, de cambiar de sexo, de abortar no por vulnerabilidad sino para evitar una tonta sanción social. Las naciones democráticas donde impera la economía de mercado serían perfectas, si no fuera porque tanto empeño en las condiciones materiales de vida omitió la trasmisión de valores y el estímulo a un desarrollo intelectual y cultural de corte humanista. Mucho Producto Bruto Interno y escaso Producto Culto Interno, a decir del inolvidable Carlos Maggi.
Ahí es donde la siempre denostada religión -sobre todo en países de alta secularización como el nuestro- debería poner todo su esfuerzo. Resulta que agnósticos y ateos la miramos con desdén, pero terminamos sustituyendo hijos por perritos, inspirados en una hueca y mísera obsesión por la rentabilidad.