Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

País de leyes

Mes de julio es mes de Constitución en los fastos de la Patria. Más allá de fechas que señalan los actos protoconstitucionales de las Instrucciones y la Constitución Lavallejista, es esa fecha de nuestro invierno, en 1830, que evocamos con emoción y respeto.

Con emoción porque en tiempos imperfectos, de convulsiones e incertidumbres, con la independencia sometida a precariato desde 1828, sin que se hubieran aplacado las ambiciones vecinas sobre el territorio, los patriotas reunidos en la Plaza Matriz daban partida de nacimiento formal al ser oriental que desde 1811 se gestaba y que hacía dos años había visto la luz.

Constitución, pacto, contrato cuyas seguridades Artigas sentía que en su tiempo no se habían logrado. Todo ello se consideraba logrado y se iniciaba así la dura y ardua tarea de gobernar y de acatar al gobierno; de reconocer derechos preexistentes y de respetarlos en la realidad; de votar leyes y que se cumplieran; de aprobar sentencias y que se hicieran verdad en el caso real; de hacer primar el gobierno civil; en fin de funcionar como una nación civilizada. Ya se encargaría la realidad de mostrar cuán difícil era "trasladar a los hechos lo que dicta afiebrado el pensamiento" al decir de Herrera.

Muchas veces los hechos se llevaron por delante al texto, al papel. En 1898, en 1934, en 1942 y en 1973 sucesivos golpes de estado pasaron por encima de la legitimidad, del voto popular. Más de seis veces hemos pretendido mejorar los mecanismos de su funcionamiento. Pero sin lugar a dudas en el subconsciente más hondo de todos nosotros, aun sin conocer ni fechas ni artículos concretos, sentimos más que sabemos, que hay cosas que se pueden hacer y otras que no; que hay actitudes compatibles con la convivencia y otras que no; que hay una manera de consultar la opinión de un grupo, sea club de barrio o partido político o toda la nación y ella es contar quiénes están de un lado y quiénes de otro, llevando la voz cantante el que más apoyo tiene, pero sin que ello desmerezca a quien tuvo menos.

¿Respetamos la Constitución, no de boca sino en nuestros actos personales o colectivos? ¿La respeta el gobierno? ¿Los partidos? No siempre. El Parlamento aprueba normas flagrantemente inconstitucionales a sabiendas, como lo hizo la legislatura que creó los municipios y estableció la manera de elegirlos. Abiertamente con burla a una de las más preciosas garantías electorales. La violan todos los administradores de todos los niveles que hacen caso omiso —se ríen— de los controles del Tribunal de Cuentas. La desconocen las leyes que implican gastos que no se financian. Los legisladores que reparten mandatos. Los intendentes que resignan competencias. Los que olvidan que el funcionario lo es de la nación. No es muy bueno el panorama...

Y en cuanto a la ley, a la ley ordinaria, a esa que semana a semana emerge del Palacio Legislativo hacia la realidad, ¿cuál es nuestra actitud? Ante todo la muy común creencia de que las leyes, por sí solas, solucionan problemas. Decía con razón Ramón Díaz que el nuestro era un país "legiferante": ante cada problema una ley como mágica poción que todo pudiera curar o reparar.

Las leyes deben cumplirse. Enseñaba el gran manchego "pragmáticas pocas, Sancho, pero cumplirlas". La ley que se desconoce en el todo o en parte representa una debilidad del todo legal. Nada valdrá quejarse cuando la que nos afecte sea desconocida. No vale mirar con un solo ojo los derechos que se nos reconocen tanto en forma específica en el Art. 7° como en 72°, genéricamente. La vida, el honor no pueden ser atacados en la pasión de la diferencia política o social desde el anonimato de las redes, mediante la calumnia o el agravio. No se ejerce ningún derecho cuando se apedrea a la hinchada adversaria; cuando se enchastra un comité de partido distinto; cuando no se deja entrar a trabajar a quienes no quieren adherir a un paro o huelga; cuando desde la cátedra se inculcan ideas políticas; cuando se agrede a un maestro porque no gustan las calificaciones de un hijo; cuando se omite el pago de los aportes al BPS. Es muy común que estas conductas se produzcan, sin demasiada crítica, aun cuando las recogen los medios. Sin mencionar, por supuesto, el apedreamiento de patrulleros, ómnibus o ambulancias o el patoteo de niños contra niños.

Como vemos hay que hacer mucho para merecer el 18 de julio de 1830 y todos los demás actos de soberanía que nos dieron otros textos constitucionales. Para ello, una vez más, hay que recurrir a la familia y a la enseñanza. En los hogares, hablar de las fechas patrias, explicar qué quieren decir, porqué se las conmemora (para ello no cambiar el día del feriado y organizar actos alusivos en los locales de enseñanza). En escuelas y liceos volver a dictar Enseñanza Moral y Cívica, si ¡por supuesto, y mucho!.

Sin patriotas no tenemos país ni nación, no alcanza con vibrar con la celeste —que es muy bueno y agradable—, hay que enseñar a vivir en comunidad. Con respeto por los demás, por las leyes... por la Constitución.

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