Vivimos escapando a esa palabrita horrenda: la muerte. Y, sin embargo, somos un país con un vínculo paradójico con ella, que va desde el rechazo a la fascinación.
Somos el país de las luchas fratricidas entre blancos y colorados, que pautaron buena parte del siglo XIX. El de aquel “día de los cuchillos largos” de 1868, cuando son asesinados Venancio Flores y Bernardo Berro. Somos “la tierra purpúrea”, así bautizada por William Hudson en su libro de 1885, aludiendo a la sangre que la regó en los albores de nuestra nación. Somos el país del suicidio de Baltasar Brum y la muerte de Julio César Grauert, desangrado en un calabozo de Pando. Somos el país de la toma de Pando de 1969, el de la bala perdida que mató a Carlos Burgueño cuando viajaba a la capital para encontrarse con su hijo recién nacido. El del educador Julio Castro asesinado de un tiro en la cabeza por la dictadura. El del peón rural Pascasio Báez, que intentaron desaparecer los tupas, y el de la maestra Elena Quinteros, que lograron desaparecer los milicos.
Algunos dicen que aquellos dolores son cosas del pasado y que, en cambio, ahora damos ejemplo al mundo de paz y concordia. Mentira.
Seguimos ostentando índices alarmantes de femicidios: una mujer muere a manos de su pareja cada 12 días.
Y en el caso de los suicidios, es aún peor: dos uruguayos se quitan la vida por día, la tasa más alta de América Latina. Habría que agregar los decesos por accidentes de tránsito que, en muchos casos, son otra forma de suicidio.
Vemos crecer un narcotráfico criminal que siega vidas prácticamente a diario, sin importar edad ni condición.
La gente en situación de calle se nos sigue muriendo cada invierno y la explicación oficial es que la última víctima no estaba registrada.
Tal vez la prueba más fehaciente de nuestra despreocupada propensión a la muerte es que en los últimos 30 años hemos hecho poco y nada para favorecer el crecimiento demográfico, pero festejamos como goles haber legalizado el aborto y la eutanasia.
Lo dijo un diputado de la República, hace unos días, en la red X. Estampó el emoji de una banderita nacional flameando y escribió: “La tranquilidad de poder elegir. Hoy una uruguaya tuvo la libertad de decidir morir en paz. Para esto trabajamos, detrás de la ley, hay una historia de vida. Un derecho hecho realidad. Abrazo a su familia y amigos”.
Así estamos, convirtiendo a la muerte en un derecho, al suicidio en tranquilidad de elegir y felicitando a los deudos.
Estoy leyendo los impresionantes alegatos del escritor inglés Charles Dickens contra la pena de muerte. En su novela Historia de dos ciudades (1859), narra la práctica inglesa de ahorcar a los condenados solo en forma parcial (a veces por delitos ínfimos o inexistentes), para rematarlos vaciándoles las vísceras y descuartizándolos. También refiere a las ejecuciones por guillotina en la Francia del Terror: los carromatos cargados de condenados, que recorrían las calles de París mientras eran insultados por turbas enceguecidas. Decapitaban hasta a una costurerita veinteañera cuyo delito había sido ganarse la vida cosiendo para un aristócrata.
Leemos esos testimonios con espanto, pero en el fondo naturalizamos que, aquí y ahora, sigan muriendo en forma violenta uruguayos todos los días.
Si el contexto lo demanda, dejamos de considerar al derecho a la vida como un valor absoluto. Nos llamamos humanistas hasta que el relativismo imperante nos demuestre lo contrario. Hoy no se nos ocurriría amputarle las manos a un ladrón o fusilar a nadie, pero nuestra incapacidad de proteger al desvalido deriva en injusticias semejantes. ¿Será que nuestro laicismo tradicional devino en pérdida de espiritualidad y flexibilización de valores morales? ¿O es lisa y llana incapacidad política de gestionar la propensión tanática de la sociedad?
Lo cierto es que la muerte está integrada a nuestro paisaje cotidiano. Ya no la desafiamos en una partida de ajedrez, como en El séptimo sello, aquel hermoso clásico cinematográfico de Ingmar Bergman. Nos dejamos seducir por ella, con esa fruición morbosa que provocan las películas de terror, hoy casi mayoritarias en las carteleras montevideanas.
En esta sociedad de infraconsumo (pero con ínfulas de superdesarrollada), la muerte parece haberse convertido en un producto más de la góndola del supermercado.
Las mejores obras de la poesía universal (Horacio, Manrique, Quevedo, Baudelaire, García Lorca, Huidobro, María Eugenia Vaz Ferreira) han frecuentado una y otra vez el enfrentamiento entre Eros y Tánatos. Pulsión de vida y pulsión de muerte, según la categorización freudiana. La primera encarna el instinto de supervivencia, y la segunda, el de autodestrucción. La teoría psicoanalítica fundamenta que desarrollamos nuestra vida en un permanente conflicto entre ambas pulsiones.
Sería bueno trasladar ese concepto a la sociedad y al Estado. ¿Cuánto de Eros y cuánto de Tánatos nos identifica?
Es hora de que políticos y formadores de opinión elijamos cuál de los dos lados promover.