Los que vendrán

Uruguay es una excepción en la región. Nuestra institucionalidad sólida, las décadas ininterrumpidas de democracia, el respeto por el Estado de Derecho, ser una sociedad bastante cohesionada, y que en un puñado de temas el país mantenga a través de los distintos gobiernos más o menos los mismos criterios, nos dan un barniz de nación cuasi desarrollada, de gente seria y previsible.

Tenemos una muy buena calidad de vida, y eso es envidiable, y sin lugar a duda un objetivo aspiracional para muchos extranjeros a los que les encantaría radicarse en una comunidad con tantas ventajas y algunas carencias que no hacen sombra a las primeras. Lo vemos en lo cotidiano, muchos han elegido nuestro país como lugar donde afincarse y desarrollar su vida y su familia.

Pero la política que hace a la recepción de migrantes no es algo a lo que los uruguayos prestemos demasiada atención.

Y deberíamos hacerlo.

Dado que somos el país iberoamericano con más chance de pasar algún día a integrar la lista de los desarrollados, tendríamos que ponerle mucho pienso al tema.

No es cuestión de que venga quien quiera. Abiertos sí, pero selectivos, tontos nunca. Que de vivos está lleno el patio. El interés nacional está por delante de esto. Y debemos ser cautos, en un mundo incierto, donde las grandes potencias dirigen hasta las corrientes migratorias de acuerdo con sus intereses.

La agenda woke ha invadido la existencia contemporánea con sus falacias. Con las climáticas, las de género, las laborales, las energéticas, las de la nueva economía, y también las vinculadas a la migración.

Todo parece estar justificado por las benditas “transiciones” que nos dirigen sin pausa hacia donde ya sabemos: un mundo individualista, sin familia, donde reine la relatividad.

Como si las naciones no tuvieran derecho precisamente a preservar lo que las hace lo que son: compartir y mantener una cultura común, una idiosincrasia, una identidad.

Recientes noticias auspician para nuestro país un futuro en materia demográfica bastante complicado: parece que seremos cada vez menos, y cada vez más viejos.

Nos conviene ser muy eficientes, pragmáticos, y prácticos en esto.

Bienvenidos todos los buenos que comulguen con nuestra forma de ser.

Sigan de largo aquellos que no sean capaces de entender nuestro “ser nacional”, o adoptar el mismo como su modus vivendi.

En estos jóvenes doscientos años de existencia Uruguay ha sido capaz de generar una cultura propia, un modelo de convivencia que tiene sus particularidades, sus grandes fortalezas, pero también algunos flancos que lo hacen muy débil: hemos renunciado al sentido de lo trascendente por una falsa oposición generada por el laicismo militante.

Recuperar la sensibilidad por lo trascendente, aplicar con criterio laicidad - no laicismo militante - sería una herramienta fundamental para conservar nuestra mejor esencia.

Esa que nos hace una nación abierta al que llega, receptiva, que acoge, que suma, que invita a ser parte de lo que somos. En fin una sociedad que integra, pero que no permitirá jamás que la desintegren.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

premium

Te puede interesar