Dadas las características del año que termina lo pertinente no sería sólo evaluar lo ya pasado, sino analizar cómo deberían acomodarse los partidos de la oposición a partir del año que comienza.
Este es un gobierno fácil de criticar por su estilo anodino y confuso, pero cuando todo se concentra solo en la crítica, el protagonismo de los partidos opositores se reduce al rol más fácil, dejando de lado su habilidad para proponer algo alternativo, que demuestre su capacidad para gobernar.
Es fácil, por ejemplo, acusar a este gobierno de volver atrás sobre lo hecho por el anterior, desde insistir en eliminar la reforma jubilatoria pese al fallido plebiscito, hasta la suspensión de dos muestras de obras de artistas previstas para el año que terminó.
Lo importante, sin embargo, es dar el siguiente paso y defender con tono épico la gestión pasada, en el parlamento, en los actos y en sus escritos. Desde la reforma jubilatoria, pasando por el proyecto de Arazatí, la acreditación docente y una larga lista de aciertos.
Hay, pese a todo, retrocesos que pueden convertirse en un bumerán. Lo de Cardama tiene ese aspecto. A causa de una desprolijidad fácilmente corregible, se intentó dejar mal parado al gobierno anterior y evitar que la Armada tenga sus embarcaciones.
Sin embargo, el episodio ahora no afecta tanto a la Coalición, como sí al oficialismo, que quedó atrapado en un lío interno. Algunos en el gobierno piensan que es un asunto de fácil solución y debe arreglarse, pero quien inició este lío no cede y por eso cada vez que se insiste en buscar una solución, dobla la apuesta.
Todo empezó con la garantía, pero como el ministro de Economía dijo que eso se podía arreglar, ahora se agregó al relato que los barcos están mal hechos. Mientras tanto, como era de esperarse, Cardama inicia un juicio al Estado uruguayo.
Pasó el tiempo de la autocrítica y de mirarse el obligo, que a veces solo sirve para cobrar cuentas internas más que aprender de los errores.
El votante común, no entiende porque un partido que desde el 2005 se redujo, gira sobre una visible rivalidad entre sus figuras referentes. Andrés Ojeda y Pedro Bordaberry son políticos muy distintos por generación, modalidad y estilo. Pero cuando dirigen un partido que no pasa de tener el 17% del electorado, deberían complementarse. No es tan difícil.
Hay que estar muy confiados, además, para subestimar la necesidad de la Coalición como si en la próxima elección pudieran, solos, lograr la mayoría absoluta.
Los blancos parecen creer que al contar con el líder perfecto, eso es suficiente. Sí, tienen una figura de la talla de Luis Lacalle Pou, pero si bien todo partido necesita un líder fuerte a su frente, también es verdad que todo líder necesita un sólido partido detrás.
El expresidente se mantuvo al margen de la actividad política. Tras cinco años de estar en el centro del escenario, era saludable que por un período tomara distancia. Habrá que ver si 2026 será el momento para un retorno. Eso sí, al perfilarse como alternativa al gobierno frentista, será blanco de continuos ataques.
El oficialismo sabe que es un rival fuerte y querrá debilitarlo. Todo artilugio vale más allá del conocido temple y aplomo de Lacalle Pou para enfrentar estos desafíos.
Mientras tanto, el Partido Nacional debe coordinar su estrategia y ganar territorio con un discurso coherente. Ganar territorio quiere decir crecer en Montevideo y también en el interior. Montevideo es un inexpugnable bastión frentista, pero los blancos deben horadarlo y apostar a obtener más votos y más diputados. Cada legislador cuenta.
Lo mismo debe hacerse en el resto del país. Esto de que vote bien en las departamentales pero no en las nacionales, es un sinsentido. El partido debe tener presencia en cada gobierno departamental pero también en ambas cámaras.
Es en la votación de octubre cuando se echan los dados para la segunda vuelta.
Cabildo Abierto está afuera de la Coalición y ahora juega a ser un aliado díscolo del Frente. Todo hace pensar que, como ocurrió con otros partidos de aparición explosiva, este también tendrá una lenta extinción.
Quien seguirá peleando para estar por encima de la línea de flotación y jugar un rol en la Coalición es el Partido Independiente. Su único diputado, Gerardo Sotelo, está adquiriendo notoriedad y si bien no ejerce cargo alguno, es razonable pensar que su líder Pablo Mieres asuma un papel de articulador de esa Coalición. Va con su convicción, su estilo político y sus condiciones de negociador.
Se trata de un partido que fue un socio leal del gobierno pasado y una integración formal dentro de un lema común o dentro de uno de los lemas integrantes, potenciará su votación. Votantes proclives, al final no lo apoyaron porque entendieron que sin la lógica de un lema compartido, sus votos no sumaban.
Pasó el tiempo de lamerse las heridas y llegó el de desplegar una estrategia lúcida, coherente, sin improvisaciones tontas, si el objetivo es volver al gobierno en 2030.