Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Hasta luego, Hawking

Gran Bretaña siempre produjo talentos que forjaron teorías originales. De Bacon en lucha contra los ídolos, a Newton descubriendo la gravedad y fundando la mecánica.

De Darwin con la evolución de las especies a Bertrand Russell, que salta de la matemática a la lógica y sostiene la batalla lógica de Wittgenstein.

A esa raza de gigantes pertenecía Stephen Hawking, bosque de símbolos y contradicciones. Explorador de conceptos físicos, pero divulgador popular. Estudioso, pero pensador por cuenta propia. Desahuciado a los 21 años, murió con 76. Cuando la miastenia lo dejó sin voz y hasta sin fuerzas para digitar, tullido venció a la adversidad. Y desde su sillón de ruedas, el mundo lo izó como un ejemplo universal de respuesta a la adversidad.

Enjuto y descarnado, fue un modelo de temple y fuerza, que en la cumbre de la abstracción y el desarrollo tecnológico se preguntó ¡¿para qué serviría todo eso si perdiéramos los sentimientos hacia los seres queridos?!

Casi cuatro siglos atrás, Pascal escribió: Al fin de cuentas, ¿qué es el hombre en la naturaleza? Nada respecto al infinito, todo respecto a la nada, un medio entre la nada y el todo. Al no comprender los extremos, situado el hombre entre dos infinitos, resulta tan incapaz de ver la nada de donde proviene como el infinito que lo devora. Hawking, con el espíritu en pie desde unas limitaciones escalofriantes, se aventuró con esos dos infinitos. Y no vaciló en pasar de la solidez maciza de la ciencia dura a la reflexión fertilizada por los datos y la imaginación creadora.

Con su dirección se editó "Los sueños de los que está hecha la materia", que recoge textos básicos de la física cuántica, escritos desde los albores del siglo XX.

Son 1230 páginas para especialistas, pero se puede sortear la aridez de sus fórmulas y leerlas conceptualmente. Desde Max Planck y Einstein a Feynman y Dirac ninguno aparece como el augur de una ciencia rígida. Todos se presentan como gestores que piensan firme, pero modestamente y como a tientas. La física se presenta allí más reflexiva y especulativa que experimental. No solo pesa, mide y calcula: argumenta. Tan así es que uno de los autores —Werner Heisenberg— declara, sin rubor, que entre el acto creador y las pruebas científicas debió anticipar generalizaciones y sortear compromisos imaginativos. Y todos muestran que aprendieron a dialogar consigo mismos, a repensar, a dudar. En otro tono y con otro respaldo, recuerdan al libro científico del futuro que en su Fermentario inventó Carlos Vaz Ferreira en 1915: salpicado de puntos suspensivos, erizado de movimientos del ánimo, enriquecido por las vacilaciones.

El parentesco espiritual viene al caso.

Así como Stephen Hawking ensanchó nuestra visión del Universo, merece que, para despedirlo, nosotros ensanchemos el alma para aquilatarlo y sentirlo cercano y prójimo.

Porque tras rasgar misterios y correr las fronteras del saber, Hawking se va dejando un mundo malherido, amenazado por brutalidades, donde la insensatez-espectáculo se enorgullece por los poderes que detenta y no por la pasión de saber, que ni cultiva ni siembra.

Entonces, al inclinarnos sobre su tumba, es bueno que recordemos que en el Uruguay muchas veces muchos prohombres vivieron la misma sed de luz, vida y grandeza que le dio sello imperecedero al Maestro que se nos fue.

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