Olvidémonos por un rato de Maduro y del affaire del Fonasa, y hablemos de un tema central en esta época del año: las vacaciones. Estos momentos de escape de los que atesoramos recuerdos, que esperamos ansiosamente y que varias semanas antes ya estamos viviendo en nuestra mente.
Esto pasa porque nos conectamos con el “yo que recuerda”, esa parte de nosotros que edita los momentos que vivimos y construye la narrativa de nuestra existencia. La misma que repasa logros y fracasos, momentos felices y tristes de nuestro pasado. Y en base a eso, toma la mayor parte de las decisiones.
Daniel Kahneman, padre de las ciencias del comportamiento, dice que no es lo mismo vivir que recordar. El “yo que vive” transita los días tal como suceden -con su rutina y lleno de momentos triviales-, mientras que el “yo que recuerda” toma algunos episodios intensos y, con ellos, construye la historia que luego nos armamos de nosotros mismos, priorizando lo memorable sobre lo cotidiano.
El problema aparece cuando dejamos que ese yo narrador sea el único que manda. Porque entonces empezamos a perseguir solo aquello que será memorable: experiencias intensas, logros visibles, fotos que valgan la pena guardar, picos de adrenalina. Sin embargo, la mayor parte de nuestra vida ocurre en otro lugar, en ese territorio discreto de lo cotidiano, donde casi nada es realmente extraordinario.
Por eso, en nuestra búsqueda por ser felices tendemos a confundir la experiencia con la memoria. Por ejemplo, podemos disfrutar de unas vacaciones maravillosas, pero un pequeño fallo al final puede empañar nuestra recordación y quedarnos con que eso estropeó todo lo que vivimos antes. Sobre todo si ocurre al final.
El tema es que las personas solemos tomar decisiones basadas en lo que recordamos o, incluso, en lo que anticipamos que será memorable, en lugar de basarnos en la experiencia total que tuvimos o que buscamos vivir. Por eso, nuestras elecciones sobre las vacaciones suelen basarse en los recuerdos que nos quedaron de las anteriores o en los que esperamos generar y no en lo que realmente vivimos o deseamos vivir.
El gran desafío es equilibrar: crear recuerdos valiosos sin sacrificar la riqueza de los momentos cotidianos. La satisfacción duradera no nace solo de picos de felicidad, sino de la sabiduría para apreciar la rutina, lo trivial y ordinario. Lo cotidiano.
Las vacaciones son un espacio privilegiado para practicar esta reconciliación. Apreciar momentos simples, así como también reflexionar sobre ¿qué logré este año?, ¿cómo fue vivirlo? ¿cuánta paz, disfrute, coherencia o aprendizaje hubo en el camino? ¿qué logros quiero alcanzar el próximo año? pero también ¿cómo quiero que sea mi experiencia diaria?.
Porque la mayoría de nuestra vida es esa parte cotidiana, trivial y ordinaria que pasa entre recuerdo y recuerdo. Donde no siempre estamos brillando, celebrando o tirándonos en parapente. En la que a veces nos sentimos aburridos, otras fallamos; muchas simplemente seguimos. Y parte de la sabiduría es aprender a estar satisfechos con esa parte de la vida que pasa entre medio, ese espacio entre los momentos que recordamos. Esa parte en la que simplemente, nada más ni nada menos, que en la que estamos viviendo.