La revolución de...

Las cosas simples? Es la bandera del gobierno. Bueno, una de sus banderas. La principal.

Ahora, ¿qué es lo simple? ¿Qué hay de simple en lo que nuestro país precisa encarar?

Es cierto que hay una imagen simple, clásica y también caricaturesca sobre el Uruguay, que viene de la Tacita del Plata, la Suiza de América hasta aquella de Jorge Batlle: “we are fantastic”, pero es cada vez menos creíble.

Hay que sentir la querencia, como decía Herrera, pero eso no debe confundirse con ignorar la realidad.

El Uruguay tiene cosas fantásticas y, además, es mi país. Herrera, otra vez: “mi vaso es pequeño, pero yo bebo en mi vaso”. Todo bien, pero eso no debe facilitar el engaño y la modorra. Hay muchas cosas que andan mal, muy mal, en nuestro país. Con el agravante de que no tiene necesariamente porque ser así.

Y para que no siga siendo así, lo primero es rechazar los slogans facilongos, mezcla de nostalgia folklórica y cachada carnavalera. Sobre todo cuando se está en el gobierno.

Hay que hacer una verdadera revolución, pero de cosas que no son simples. Obvias quizás, pero nada simples:

- Miles de personas viviendo en condiciones de pobreza y al margen de lo que representa el desarrollo esperado de un ser humano. Simple?

- Miles de niños y adolescentes que reciben una educación con enormes lagunas y, en buena medida, a espaldas de la realidad mundial. Simple?

- Una sociedad que privilegia igualar sobre progresar y lo viejo sobre lo joven. No seá para nada simple convencer a la sociedad uruguaya que debe sacrificarse más por sus niños y jóvenes

- Una sociedad que no se la juega y prefiere la continuidad conocida al cambio con incertidumbre.

“La revolución de las cosas simples” suena a contentamiento. Como que todo lo profundo ya está arreglado y lo que falta es adjetivo.

Va en la misma línea de esas otras excusas públicas, patéticas, que hace el gobierno:

“No nos votaron para hacer reformas”.

“No nos votaron para reducir el gasto”.

Sin duda que no, pero, en primer lugar, ese contentamiento de mate y playera es producto - en buena medida - de la cultura que, desde hace años, difunde nuestra izquierda vernácula. La mutación de la utopía batllista a la versión de las alpargatas bigotudas y el país atado con alambre, donde nadie reacciona cuando el presidente justifica la inacción porque “la barra no me la lleva”.

Concebir la tarea de gobierno (y la vocación política) como el arte de contorsionarse para seguir lo que la media quiere (o no quiere) es traicionar el deber y también a la gente.

Quién cree que tiene algo que aportar y para eso busca tener poder, traiciona su cometido al reducirlo al tamaño del beneplácito popular.

Gobernar y hacer política significa liderar. No creerse un genio y teorizar desde el Olimpo, pero sí ser honesto, honesto con la realidad y honesto con el bien común de la sociedad en que vive. Lo que puede implicar (y en nuestro Uruguay de hoy, lo implica), decir algunas verdades duras y animarse a ir contracorriente). Menos miedo a perder votos (que tampoco es lineal -no creer que la gente es tarada) y más coraje con las convicciones.

Nuestro país está en decadencia. No de hoy: desde hace décadas. Con períodos de pausa, pero nuestro devenir apunta generalmente hacia abajo. No en picada, más bien una lenta deriva, pero hacia abajo. Nos engañamos buscando comparaciones ventajosas con otras naciones a las que les va peor. Son un engaño. Las comparaciones que valen son, primero, la de nosotros mismos y esa no da bien: Maracaná fue una hazaña, sí, pero con mucho de carambola y, además, ya entonces, nuestro país venía en caída, ( hay un libro del econ. Isidoro Hodara , “Algún Tiempo pasado Fue Mejor…” que describe esto muy bien). Pero, además, la otra comparación relevante y que tampoco hacemos, es la comparación con nuestro potencial, con el potencial (y las legítimas expectativas) de nuestra gente.

No digo que tengamos que ponernos creacionistas, desatando el voluntarismo estatal que duerme en cada yorugua, (como lo demostró fabulosamente el llamado “Diálogo Social”) pero con la jodienda de las cosas simples lo que hacemos es confirmar la decadencia.

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