Los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística respecto a la pobreza en Uruguay nuevamente decepcionan. Somos el país más equitativo de América, pero la tal mejoría no habla bien de nosotros, refleja la pésima situación del continente.
De acuerdo a las últimas mediciones que no solamente mide ingresos, sino que introduce nuevas variables como educación, condiciones habitacionales, servicios, protección social y empleo, en nuestro país la pobreza alcanza al 18.7 de la población, una cifra que con pequeñas variaciones anuales permanece estable. Mantenemos desde hace décadas pequeños crecimientos anuales del PBI, no por ello bajamos los porcentajes de pobreza. Sólo rebajamos la indigencia, alrededor del 1.7 de la población.
Mirada en su totalidad, los Departamentos más pobres del interior son Artigas, Rivera, Cerro Largo y Salto, es decir aquellos recostados a la frontera brasileña, con la sorprendente excepción de Salto, pese a ser, o haber sido, uno de los pocos polos industriales del país. Colonia, donde el rastro de los inmigrantes suizos es notorio, es el Departamento con menor índice de pobreza, seguido por Flores, Maldonado y San José. Respecto a Montevideo donde se aloja alrededor de un cuarenta de la población total, la situación es apenas mejor.
Basado en los registros del INE, el diario El Observador publicó un gráfico coloreado mostrando la distribución por barrios de la pobreza montevideana. El resultado se asemeja a un gigantesco pajarraco. A su izquierda una extensa mancha granate, al centro, otra más pequeña de tonalidad intermedia y a la derecha otra, aún más grande, repitiendo el granate. Sumadas dos amenazantes y enormes alas: la superficie de la pobreza; ambas sobre un inerme cuerpito amarillo, la apretada población de la costa. El mapa engaña, no señala densidad de personas, sólo territorio. Aun así impresiona. En el Uruguay, la alegre penillanura, uno de cada cinco habitantes es pobre, otro tanto, de medición incierta, es casi pobre.
Más aún lo son los niños, las mujeres, los negros, o los “homeless”. En el pasado, antes de los cuarenta, todos eran más pobres, pero mejor integrados, cultivaban esperanzas de ascenso. Hoy ello ocurre poco. Por eso una delincuencia desbordante, que ya sabemos multifactorial, encuentra en la pobreza su causa original. Delito y pobreza se acompasan territorialmente, como hermanos inseparables. Ello podría sorprender. Cómo es posible que con menos pobreza y probablemente menor desigualdad objetiva, haya más delitos que ayer. Delitos violentos, los de sangre o los que los anteceden.
Explicarlo no es sencillo ni exhaustivo, pero señalemos dos factores que contribuyen a entenderlo. Ocurre que la desigualdad es menor, pero su percepción es mayor. Hoy los marginados contemplan diariamente diferencias que los abruman. Saben que otros no la padecen. Ya no las justifican. Otrora eran mayoritariamente, una clase solidaria distinguida por su ocupación; creían en el progreso, hoy solo nutridos grupos desconectados que habitan barrios similares. No pretenden revoluciones, apenas mejor vida individual. Conocen una ocupación sencilla que lo permite: comercializar sustancias que ellos no prohibieron. Antes carecían de ella. Hoy día, contradictoriamente, les otorga horizontes y a veces prestigio.