Una cita de Charles Chaplin venía a mi mente todo el tiempo mientras leía la magnífica novela de Ruperto Long El primer disparo: “La vida es una tragedia si la ves en primer plano, pero una comedia si la ves en plano general”.
Con este libro, subtitulado Víctimas invisibles en el Uruguay de la guerrilla, la frase calza de manera exacta. Porque Long logra atraparnos con un relato múltiple donde muchas acciones de la penosa gesta tupamara, miradas a la distancia, provocan hasta risa.
Dan gracia las imprevisiones del primer asalto a la Sociedad Tiro Suizo, en 1963 (no tuvieron en cuenta que, sin los cerrojos, las armas robadas no servirían para nada; pincharon una cubierta en la huida y se desayunaron recién ahí que la camioneta carecía de rueda auxiliar) o los intentos de concientizar a obreros de fábricas hablándoles de explotación y como estos los sacaban carpiendo. También la convocatoria a que se integraran mujeres al movimiento, para recibir, según palabras textuales del Correo Tupamaro, “recompensas que en esta hora de crisis aguda es necesario más que nunca satisfacer”.
Pero el autor se detiene mayormente en primeros planos que revelan el sustrato trágico de tanto absurdo. Hay evocaciones como la de Carlos Burgueño -un muchacho común que acababa de ser padre y muere en la estúpida “toma de Pando”- o de Pascasio Báez -el peón rural ultimado por haber descubierto un aguantadero-, o de Hilaria Quinino -la humilde limpiadora que perdió una pierna por la voladura del Bowling de Carrasco-, o de Vicente Oroza -el chofer de ómnibus asesinado a quemarropa-, entre muchas otras. Aparecen como un necesario contrapeso al relato heroico que el MLN se empeñó en forjar a partir de la restauración democrática. Un relato que contó con una extensa literatura proselitista, como los libros de Fernández Huidobro y González Bermejo, Alto el fuego de Caula y Silva, y que en cierta forma fue avalado por el discurso oficialista de la dictadura en aquellos indigeribles tomos titulados Testimonio de una nación agredida.
Tenía que llegar El color que el infierno me escondiera (1981) de Carlos Martínez Moreno, para que se hablara con más objetividad (me consta que a ese reconocido abogado y periodista de izquierda le costó cara, en lo personal, su visión realista de la época) y posteriormente, imprescindibles ensayos de José Rilla, Alfonso Lessa, Leonardo Haberkorn, Mauricio Almada y Heber Gatto, entre otros, para que la racionalidad se impusiera sobre la barbarie.
Pero un par de películas muy exitosas silenciaron tan valioso revisionismo con relatos sesgados y propagandísticos de la guerrilla: La noche de doce años y Pepe, una vida suprema (ambas de 2018). Las nuevas generaciones se quedan con el discurso edulcorado de Mujica (“nuestro único defecto fue que queríamos cambiar el mundo”) y su ilusión de “fundir las armas de ambos bandos para hacer un monumento por la paz”, como si esa guerra infame hubiera servido para edificarla, cuando logró exactamente lo contrario: muertes inocentes primero y después dictadura.
Cada vez que uno habla de estas cosas, le tiran con el insulto barato contra la “teoría de los dos demonios”, un enjuiciamiento a los violentos de ambos bandos que defendió Ernesto Sábato en su prólogo al libro Nunca más. La mejor respuesta a esa crítica la da Haberkorn con su reciente libro Pacto de silencio, rebautizándola irónicamente como “la teoría de los dos angelitos”.
En su imprescindible novela, Ruperto Long inicia el contrarrelato con el famoso discurso del Che Guevara en el Paraninfo de la Universidad, desoído por quienes promovieron la lucha armada en un país democrático y tolerante. Genera dos líneas narrativas: la de los hechos históricos y la de una autobiografía cargada de emoción, que sitúa al lector en vivencias personales paralelas al derrumbe de aquellos años.
Al novelizar los acontecimientos, el narrador omnisciente se desliza hacia un estilo indirecto libre donde se pone en la piel de los verdugos, como cuando cuenta que “milicos y tupas trabajaron juntos para investigar empresas y personas y detuvieron a decenas de directivos y contadores toda vez que lo entendieron necesario. Por supuesto que de forma directa. Sin tanto Poder Judicial ni prerrogativas burguesas”.
El pasaje que narra la liberación de los secuestrados en la Cárcel del Pueblo de la calle Juan Paullier constituye un relato magistral, cargado de tensión, que no puede dejar de leerse y padecerse.
Entre los tantos subrayados que hice sobre este duro pero necesario libro, elijo para compartir con el lector lo que le dice un coronel a la esposa de un empresario judío secuestrado por la repugnante alianza de milicos y tupas. La mujer observa un ejemplar de Mein Kampf de Adolf Hitler sobre el escritorio del militar, y le pregunta si comparte esas ideas. “No. Tenemos ese libro, pero no somos antisemitas. Somos antisionistas”.
Cuarenta años después y del otro lado del espectro ideológico, el verso es el mismo. Pero es así: los extremos siempre se tocan.