La izquierda de hoy

Luego del debate presidencial -un acartonado encuentro-los especialistas dictaminaron que el mismo no tuvo vencedores. Ninguno de los contendientes, argumentan, valiéndose de semiología y proxemia, habría demostrado las debilidades de su contraparte o las ausencias y errores en sus programas. Un diagnóstico a mi entender equivocado.

Triunfar en esta confrontación no significa eficacia, habilidad personal o conocimiento político, solo supone lograr que el mayor número de votantes modifique su decisión previa (admito que algo nada fácil), o convencer a indecisos de sufragar a su favor. En el caso, un importante guarismo de un 8% a un 10% y más del universo considerado. En ese sentido creo que Delgado tuvo más éxito en sus propósitos, quizás no tanto por sus dichos, donde de todos modos lució superior, sino porque Orsi se mostró envarado, deslucido y asustado, repitiendo lo memorizado y equiparando su gestión en Canelones con el país entero. Con una imagen poco presidencial.

Sin embargo, más allá del resultado de estas elecciones, me propongo reflexionar sobre la izquierda universal como corriente política, un ejercicio que siempre me ha ocupado y que siento enormemente relevante. No porque ella pueda imponerse en nuestro país, en ciertos aspectos una relativa excepción, sino por su implicación general. Sin por ello ignorar que también a mediano plazo ello terminará por afectar a la izquierda uruguaya.

Mi tesis es que junto a la globalización y al cambio tecnológico, o apoyándose en ellos, la izquierda como tal ha desaparecido del horizonte ideológico del mundo, permitiendo cambios de su cultura política, como los que en este momento se viven en el mismo. Aun cuando este derrumbe no aplicó a la centroizquierda ni a la socialdemocracia. El siglo XX terminó por refutar al socialismo pero también despertó viejas concepciones conservadoras. Con la caída del Muro de Berlín, pero ya antes a partir de los setenta, la izquierda había comenzado su decadencia en la Unión Soviética. Cuando se disolvió el imperio soviético, cayeron uno a uno, como en un juego de naipes, sus restantes dominios europeos. Cuba se resumió en un estado fallido y China, se transformó en una dictadura de partido único sobre bases capitalistas. Similar proceso se produjo en el resto de Asia. Del sueño marxista solo quedan ruinas oxidadas, dictaduras o democracias imperfectas.

La tragedia de una idea demoró unos veinticinco años para consolidarse, a partir de ese lapso, el socialismo, el sueño de generaciones, devino pesadilla y el proletariado dejó de ser el sujeto de la revolución y esta como instrumento, privó a la izquierda de objetivos. La revolución, golpeada en sus fundamentos más profundos, cayó por su propio peso. Aun cuando el liberalismo seguirá respetando la innegable aspiración del inicial proceso soviético en la difusión de la cultura de la razón y las luces, la contrapartida de su raigal despotismo posterior, que también le era consustancial.

La sociedad acompañó estos cambios, le dio cobijo e impulso, aun cuando no necesariamente los produjera. En contra de lo que pensaba la izquierda, el mundo de las ideas tiene su propia dinámica autónoma, desligada del mundo material. Junto a la globalización y con su empuje, se instauró la sociedad del conocimiento, su correspondiente de clases se debilitó, las redes sustituyeron parcialmente la vieja socialización primaria, apareció el celular que institucionalizó formas de comunicación y debate pero colaboró, de manera que aún requiere investigación, en la fragmentación de la sociedad, inundada de reclamos identitarios, principalmente en aras del feminismo, que amaga destituir lo que resta del clasismo clásico.

Igualmente en el plano político-cultural surge un fenómeno que asoma irreversible: la descompresión ideológica. Caído este sustento de la izquierda, convertida en una práctica asistencialista, similar, pero no igual a la socialdemócrata, todo se aproxima y se confunde. Se regresa a los populismos, esos llamados al pueblo, sin más objetivo que el poder; con líderes fuertes e ideas débiles. El imperio de los desorientados, impregnados de una atmósfera cada vez más carente de instituciones y proyectos colectivos. La mayoría de ellas consecuencia, aún no encarada globalmente, del fin de las izquierdas como proyecto ideológico.

Como ya dijimos en Uruguay, estos procesos, de últimas inevitables, se presentan de manera ligeramente diferente. Los partidos de izquierda, las organizaciones sindicales de la misma tendencia, pretenden conservar el atenuado maximalismo que aún mantienen, a través de su mejor cobijo: el Frente Amplio. En sus comienzos la unión de agrupaciones revolucionarias. Si ellos fueron marxistas y materialistas históricos, y pretenden seguir siéndolo, hoy su coalición, es apenas liberal, comunitarista, igualitarista, pragmática y capitalista. Aun cuando, según declaran, les sirve para “acumular fuerzas” y aguardar un desenlace. Claro está que el mismo ya no será la revolución de 1917, pero, asumen, que algo supondrá. Un devenir que en su máxima e improbable emergencia terminará con el odiado capitalismo, al que al unísono sirven, pero, con la esperanza (la llamita socialista de Mujica) que, como el Mesías, algún día llegará. Un recurso que en instancias extremas todavía sacan a relucir. No advierten, por su dogmatismo remanente, que ello ya no es factible. La izquierda ha desaparecido en el mundo y su diferida ilusión ya perimió.

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