Si miramos en perspectiva la historia de nuestras últimas tres décadas, resulta evidente la consolidación lenta pero inexorable de un nuevo bipartidismo.
La elección de 1994 mostró un triple empate entre colorados, blancos y frenteamplistas, con los primeros ganando por escaso margen. La reacción inteligente del sistema político fue la reforma de 1996: al instaurar el balotaje, los partidos fundacionales priorizaron la afinidad ideológica y el mecanismo funcionó aceitadamente en 1999, bajo aquel lema de “llegó la hora de votar juntos”.
Líber Seregni fue literalmente desplazado del FA por haber visto más allá de la cortedad de miras de sus correligionarios: la historia demostraría que, al influjo de la crisis de 2002, aquella reforma acabaría fortaleciendo al FA en lugar de perjudicarlo. En 2004, 2009 y 2014, su lógica unitaria se impuso frente al acuerdismo por conveniencia de partidos fundacionales que se seguían mirando con recelo. Tenía que llegar recién el 2019 -y una crisis autoinfligida- para que el panorama electoral uruguayo se rediseñara en forma nítida. Ya no teníamos los tres tercios de 15 años antes, nítidamente divididos entre colorados, blancos y FA. Pero había alumbrado una nueva composición en tercios: el primero, un núcleo duro afín a blancos, colorados, independientes y cabildantes, el segundo, otro núcleo duro de fidelidad al FA, y un tercero volátil, menos partidizado, que desde entonces pasaría a inclinar la balanza a un lado o al otro.
En ese contexto, ambos bloques empezaron a competir por ese tercio volátil, capaz de dar victorias ajustadas a Lacalle Pou en 2019 y a Orsi en 2024. Así las cosas, parece más que claro que ese lábil segmento electoral a conquistar en 2029 es ideológicamente centrista.
Tanto los discursos extremistas de derecha como los de izquierda, que hacen tanto ruido, no sirven para nada. Exacerban el ánimo de los convencidos, pero ahuyentan al público al que deberían seducir. Cuando algunos bolches, latas y afines se encierran en sus reclamos de aumentos impositivos y declaraciones de amor a dictaduras caducas, expulsan votos hacia la Coalición Republicana. Pero cuando algunos blancos y colorados vociferan reclamos conservadores -desprecio a los desaparecidos, burla a las políticas sociales- consiguen el efecto contrario: los regalan al FA. Quien no entiende esta simple verdad, no está entendiendo nada.
Sin embargo, ahora se da una gran paradoja a la que aludo en el título.
Desde 1984 hasta 2024, durante 40 años, la izquierda había logrado sostener un espíritu unitario ejemplar, más allá de pequeñas y bien administradas crisis internas. Quienes hoy integran la Coalición Republicana no se comportaron del mismo modo. Entre el derechismo cerril con ideas económicas voluntaristas de Cabildo Abierto -hoy en declive- y un sentimiento socialdemócrata algo culposo de sectores batllistas y del Partido Independiente, blancos y colorados tenían una convivencia respetuosa pero intrincada.
Lo paradójico es que el actual gobierno del FA muestra una fractura interna tan evidente, que en comparación, el PN, el PC y el PI hoy ostentan una unidad ejemplar.
Habrá que aprovechar este nuevo contexto para trabajar mucho y bien en un lema común a nivel nacional, para nada oportunista, sino fundado en identidades ideológicas firmes, imprescindible pragmatismo e inquebrantables convicciones liberales y republicanas. Coalicionistas, ¡a las cosas!