Dos noticias recientes no tuvieron la repercusión que merecían. El 15 de junio pasado, el pintor y caricaturista ruso Semyon Skrepetesky fue asesinado a balazos en una ciudad polaca cercana a la frontera con Bielorrusia. Fue una típica ejecución mafiosa: el atacante le disparó varias veces y cuando la víctima cayó al suelo, se acercó y lo remató con un tiro de gracia.
El artista se había exiliado de su país, por dedicar su obra a la sátira contra el régimen de Vladimir Putin. Había dibujado al mandamás ruso como un bebé sonriente en brazos de Stalin y como un títere manipulado por este último y por Adolf Hitler. Sus obras son de una potente calidad estética; me recuerdan al expresionismo violento de Francis Bacon.
Tres días después trascendió la sentencia formulada a la cantante iraní de 29 años Parastoo Ahmadi, por haber cantado con el rostro descubierto en un concierto transmitido a través de su canal de YouTube. El tribunal de ese país la condenó a recibir 74 latigazos.
Fueron dos hechos emblemáticos, demostrativos de que, en tiempos de inteligencia artificial e hiperconsumo, el arte sigue resultando tan peligroso para los gobiernos autoritarios, que no dudan en reprimirlo salvaje e impunemente.
En el primer caso, desde una parodia de democracia de ultraderecha -que la izquierda occidental suele aplaudir por ignorancia o malicia- y en el segundo, desde la terrible amenaza a la libertad y los derechos humanos que representa el fundamentalismo islamista.
El siglo XX parió los peores sistemas liberticidas de la historia, y cuando nos veíamos asomar a una realidad distinta, al impulso de la revolución comunicacional provocada por las nuevas tecnologías, resulta que las mismas aberraciones se repiten una y otra vez.
En 1936, durante la guerra civil española, fueron fusilados dos importantes dramaturgos, uno por cada bando. A Federico García Lorca lo mataron los franquistas, a Pedro Muñoz Seca, los republicanos.
En 1973, los militares chilenos torturaron y asesinaron al cantautor Víctor Jara, en aquellas jornadas siniestras del Estadio Nacional convertido en centro de detención masiva.
En 2004, el cineasta neerlandés Theo van Gogh fue baleado y apuñalado hasta morir por un extremista islámico, en represalia por haber denunciado en un cortometraje el maltrato a que eran sometidas las mujeres por esos fanáticos.
Desde 2009 hasta su muerte en 2017, el escritor chino Liu Xiaobo fue encarcelado por participar en las protestas estudiantiles de la Plaza de Tiananmén y manifestarse de manera no violenta por la democratización de su país.
En 2015, cinco de los mejores humoristas franceses fueron ajusticiados a tiros por dos terroristas islamistas que se colaron en la redacción de la revista Charlie Hebdo.
En 2022, Salman Rushdie fue severamente apuñalado en un campus neoyorquino, luego de tres décadas de haber sido condenado a muerte por el régimen de los ayatolas, a raíz de su novela Los versos satánicos. Ya en 1991, un traductor japonés de su obra había sido asesinado en cumplimiento de la misma fatwa.
A esa trágica lista -no exhaustiva- habría que agregar ahora el asesinato del caricaturista ruso y el castigo medieval a la cantante iraní.
Los organismos internacionales emiten declaraciones y los colegas occidentales hacemos gárgaras de solidaridad, pero no pasa nada: los gobiernos autoritarios y las teocracias criminales siguen avasallando la libertad de creación e imponiendo castigos ejemplarizantes para que nadie se atreva a desafiarlos, desde la aparente inocencia de un dibujo, una canción o una novela.
Queda siempre el torpe consuelo de que esas reacciones totalitarias, paradójicamente dan relieve a las obras que las motivaron: no serían tan anodinas si justificaron semejantes ejercicios de barbarie. Sin embargo, esa conclusión no me queda clara: al asesinar a artistas e intelectuales, la aplanadora de la historia los coloca en un pedestal donde ser reverenciados por ciertas minorías nostálgicas, pero nada cambia. Putin sigue donde está, los ayatolas no se movieron ni un milímetro de su despotismo criminal, y hasta regímenes como el chavismo y el castrismo se terminan perpetuando, a través de la negociación económica con ese CEO sin principios llamado Donald Trump.
Pasan los gobiernos, sobreviven las dictaduras, y la espalda de Ahmadi, como la de todos quienes se rebelan a sus designios, sigue acumulando heridas bárbaras e inútiles.
Tal vez el mejor símbolo de ese contrasentido es el que nos deja el poeta húngaro Miklós Radnóti, máximo exponente del humanismo literario europeo del siglo XX. En 1944 fue condenado a trabajos forzados en la Yugoslavia ocupada. Dos años después, su cuerpo fue hallado en una fosa común. En el bolsillo de su abrigo encontraron el cuaderno donde escribió sus últimos poemas.
Así parece terminar el arte contestatario: los ideales, el talento, el humanismo y la sensibilidad, reducidos a un cuaderno garabateado, en el bolsillo del sobretodo de un cadáver arrojado en una fosa común.