Cuando nos hablan de historia patria enseguida asociamos con los textos en los que aprendimos esa asignatura cuando éramos estudiantes. Esa es una noción un poco escolar; la historia no está formada por los hechos sino por lo que de esos hechos se cuenta. La historia viva es el relato con el que un pueblo se pronuncia a sí mismo, da su versión de cómo enfrentó los avatares colectivos. En esos registros queda patente el juicio de un pueblo sobre sí mismo: lo que es motivo de orgullo y lo que deplora y condena.
En nuestro país, desde siempre, se trató de oficializar una historia colorada. El Partido Colorado fue el partido de gobierno por antonomasia y usó de esa posición para confeccionar una historia desde una óptica propia, dando una versión que lo dejara en la mejor luz. Pero aún con lo prolongada que fue su influencia sobre textos, monumento y símbolos, el Partido Colorado nunca consiguió imponer una historia oficial. La razón de ello está en el Partido Nacional.
Dos elementos principales neutralizaron la tendencia a la apropiación del relato histórico por parte del Partido Colorado. El primero es que el Partido Nacional produjo en sus filas a casi todos los historiadores que se han destacado en el país. Desde Luis Alberto de Herrera,pasando por la monumental figura de Pivel Devoto y llegando hasta los preclaros exponentes actuales, el oficio de historiador (y la pasión por el oficio) han sido cosa de blancos.
El segundo elemento ha sido que los personajes blancos de la historia patria han estado adornados con tales rasgos de heroicidad, integridad y simpatía que hacen imposible desalojarlos del relato o minimizar su destaque. Aunque la avenida se llame Gral. Flores, el héroe recordado que se mantiene como modelo venerable y permanece vivo en la memoria, es Leandro Gómez. Parecido es el caso de Oribe, Aparicio Saravia y tantos otros.
En tiempos posteriores a aquellos ha sido la izquierda -o por lo menos algunos conspicuos integrantes de esa denominación- quien se ha embarcado, a través de la influencia que tienen en la enseñanza, en adueñarse del relato de los años que van de 1960 a 1984, es decir, antes y durante el período militar. Tampoco les fue posible apropiarse de ese relato y expurgar de él episodios y figuras que le son menos gratas. La razón es la misma. Las figuras del Partido Nacional que se enfrentaron al régimen militar lo hicieron con tanta decisión y gallardía -empezando por Wilson y siguiendo por tantos otros- que no hay forma de desplazarlos del relato de esos años aciagos y de la memoria que de ellos se guarda.
Mucha gente piensa que los partidos políticos sólo pueden incidir en la realidad nacional a través del estado o del ejercicio del gobierno. Hay partidos que, efectivamente, tienen esa limitación. Pero es notorio que el Partido Nacional, que ha estado durante la mayor parte de su existencia lejos del gobierno, ha aportado, aún así, cosas importantes y duraderas al Uruguay. Una de ellas es: las condiciones que hacen imposible una historia oficial en nuestro país, e impiden, además, la utilización del relato y de la memoria histórica como suministro (input) de propagandas sectoriales o sostén ideológico particular.
El viejo Partido, trágico y lírico a la vez, ha contribuido, de ésta y de otras maneras, a la formación de la nacionalidad oriental.