Es curioso cómo la jerga, el lunfardo, de dos países tan cercanos como Uruguay y Argentina tiene sus matices. Por ejemplo, en la otra orilla la palabra “carpeta” se asocia a algo pecaminoso, a corrupción, a “carpetazo”. O sea, operaciones que se usan para perjudicar a alguien. En Uruguay, se dice que alguien tiene “carpeta” cuando maneja dotes humanas que le permiten navegar desafíos complejos.
De eso hablamos más de una vez con Oscar Vilas, compañero de muchos años de El País, que falleció esta semana, y quien había trabajado mucho en Argentina. Oscar deja un vacío imposible de llenar en la redacción, y en buena medida porque tenía, justamente, enormes dosis de “carpeta”.
En una semana marcada de hechos informativos relevantes no es la intención de este artículo convertirse en un obituario de Oscar. Como buen profesional de los de antes, él nunca lo aceptaría: el periodista es apenas un testigo privilegiado de los hechos, nunca protagonista. Aunque suene raro en los tiempos que nos toca vivir. Tiempos donde mercenarios, manijeros, y operadores explotan este viejo y digno oficio, mientras que se hacen llamar periodistas.
Pero, sí es constructivo repasar algunos episodios que nos tocó vivir con Oscar, para ilustrar al lector sobre un lado poco conocido del periodismo y la complejidad del manejo informativo profesional.
Oscar aterrizó en El País poco después de la crisis del 2002, tras ganarse merecidos galardones por su cobertura en El Observador. Empezamos a coincidir en las reuniones de editores a las que este autor, veinteañero largo, asistía como encargado de las páginas de “cables”, y no abríamos mucho la boca. Los tiempos eran muy distintos, los saltos generacionales eran abismales, y no había concesiones a la sensibilidad de cristal. Esas reuniones, al principio creo recordar lideradas por el “Pingo” Herrera (íbamos a mencionar muchos más nombres, pero es para problema) rápidamente escalaban a explosión.
Más de una vez, Oscar sacó esa “carpeta” para apagar alguna bomba a punto de estallar. Porque el periodismo es (¿era?) pasión. Las diferencias sobre la credibildad de una fuente, el perder una primicia, la ausencia de algo bueno que publicar, se tomaban muy a pecho.
Pasaron los años, y por motivos inesperados, tocó a quien escribe quedar a cargo de esa redacción. Oscar había pasado a editor web, cosa que no había generado pocas cejas alzadas. Pero que justamente tenía la intención de aprovechar su “carpeta” para que muchos periodistas que sólo se fijaban en el papel, le dieran importancia a lo digital. Vaya si lo logró.
Pero llegó un día que nos estalló en la cara una crisis en Ovación. Para mucha gente sonará raro, pero si algo ha dado dolores de cabeza a quien escribe en su período de editor ha sido el deporte. Más que la política, más que las noticias empresariales y económicas. Ovación era un nido de grillos en aquel entonces, y el único que podía encaminar eso, a pura carpeta, era Oscar.
Cuando se lo pedí, justo antes de una reunión de editores, me miró como si lo estuviera mandando al matadero. En la mitad de la reunión, cayó una bomba: se había muerto Alcides Edgardo Ghiggia, el último sobreviviente de la gesta de Maracaná. Sin que nadie dijera nada, Oscar corrió a hacerse cargo de la cobertura. Que terminó en la mejor tapa de diario con la que quien escribe haya tenido algo que ver. Era una foto tremenda de Ghiggia a toda página tomada por José Luis Bello, con el titular “El último héroe”. A partir de ahí, Oscar quedó en Ovación, y al menos por un tiempo, hubo paz. ¡Carpeta!
Tal vez el peor desafío fue cuando al tiempo le tuve que pedir otra “mano” difícil: hacerse cargo de la edición de Política. Nada fácil, porque había un equipo complicado, muchas tensiones, y el diario mismo atravesaba problemas complejos. Me acuerdo que me llamó a un costado y me dijo “Che, yo no puedo ser editor de Política de El País, vos sabés que yo... soy otro cuadro”. Al final agarró, y terminó siendo el editor de la sección en la campaña que ganó Lacalle Pou, sin que nunca hubiera un sí, ni un no. ¡Hablame de carpeta!
Mientras caminaba al velorio de Oscar no podía dejar de pensar en eso, cuando veía un “posteo” de unos miserables que se hacen llamar “La Derecha diario”, y que decían que El País se había vendido al Frente Amplio por una “pauta” de 10 mil dólares de Antel. O sea, menos del 0,05% del presupuesto anual del diario. Pero más allá de si algún idiota puede creer a esta gentuza, la sensación es cómo han cambiado los tiempos.
Porque si bien la política y el periodismo siempre tuvieron en común la pasión a veces irracional, había códigos que ponían algunas cosas por encima. La ética, el amor a lo que se hace, la dignidad profesional. Los vínculos y el respeto por sobre la ambición y el sectarismo. Cosas que hoy parecen escasear cada vez más. Y de las que Oscar tenía para regalar.