Cuando los problemas se vuelven crónicos aparecen los síntomas de acostumbramiento y de conformismo. El caso típico es la limpieza de Montevideo. Nos hemos acostumbrados a convivir con distintos niveles de basura a nuestro alrededor en los espacios públicos, como si fuera un mal casi inevitable. Podemos identificar tres actores en este drama. El principal: las máximas autoridades del gobierno departamental. Los secundarios: el sindicato y la población.
Desde luego la responsabilidad principal -y final- es de los gobernantes. Ellos fueron elegidos para garantizar a la población el correcto cumplimiento de los servicios de limpieza, barrido, recolección y disposición final de los desechos; haciendo cumplir cabalmente las normas y disposiciones vigentes en la materia.
Pasan las décadas, se suceden las administraciones y seguimos esperando que la situación cambie. Pero el electorado capitalino, una y otra vez, le renueva el voto de confianza al Frente Amplio, el cual en cada período electoral le recita las mismas promesas, que podrían resumirse en: “Otra vez no cumplimos con nuestra obligación de mantener limpio al departamento, pero esta vez sí lo haremos”. Y con ello ha bastado para que le mantengan el apoyo.
Siempre la culpa es de otros. De esos actores secundarios. Por ejemplo el sindicato no los deja gobernar como corresponde, amenazando y adoptando medidas de fuerza, si no aceptan sus omnipresentes demandas de mejoras salariales y más beneficios -aunque nunca está sobre la mesa asegurar mayor eficiencia y profesionalidad en el desempeño.
El gobierno tiene el poder para hacer cumplir sus programas inherentes a sus responsabilidades. Pero, ese nefasto mimetismo que desde hace tiempo el partido en el gobierno exhibe con los sindicatos, constituye una perturbación que a esta altura se registra a gran escala; y es capaz de inducir a que los tomadores de decisiones confundan sus obligaciones con compromisos partidarios, regidos por ideologías de ineludible uso electoral.
Desde hace tiempo los líderes sindicales han dado el “salto de poder” pasando a ser políticos muy influyentes del oficialismo. Entonces todo se vuelve más confuso.
El tercer actor es la población, a la postre los votantes que deciden quién lo gobierna.
Sin duda deja mucho que desear la conducta de los montevideanos en los espacios públicos del departamento. Recorriendo la ciudad se constata con frecuencia una falta de respeto y de apego al barrio. Basta comparar la situación capitalina con lo que ocurre en el resto de las ciudades del país, para confirmar que es un fenómeno local, que el gobierno departamental ha manejado muy mal. Recordamos a algún intendente que intentó justificar la mugre desbordante de un fin de año culpando a la población de comprar y consumir en demasía.
Está claro que si los gobernantes hacen bien tu trabajo el resto de la sociedad necesariamente ajustará sus conductas a ello.
Lo que no puede admitirse más es el seguir recurriendo a excusas que intenten justificar el fracaso de las autoridades. Por lo menos deben tener la honestidad de reconocer que no pueden cumplir con el trabajo que la ciudadanía les encomendó.