La autoestima es algo personal, que refiere a uno mismo, y también puede ser una condición nacional. Cuando la persona pierde su autoestima es una tragedia, cuando la pierde un país es su mayor pobreza. El Uruguay ha mantenido su autoestima. Jorge Batlle, un tipo muy inteligente y muy uruguayo a la vez, dijo un día: “we are fantastic”.
Ese sentimiento o esa sensación no es una balandronada: en nuestro caso tiene una base, tiene una historia. En los años 70 del siglo pasado Uruguay perdió o dejó de sentir su autoestima, se peleó consigo mismo. Y nos hicimos pedazos.
Pero antes y después nuestro país recibió reconocimiento del extranjero y aprecio de parte de su propia gente. Hasta los que emigran y se van a otras tierras no buscan tanto asimilarse -como lo hace cualquier inmigrante- cuanto conservar algunas cosas que los definen como uruguayos. Y eso, como digo, tiene donde apoyarse: sacando aquel período de triste memoria acá todos los gobiernos cumplen su mandato completo y se van y los votos se cuentan correctamente cada vez.
A la izquierda uruguaya le cuesta un poco más sentir esa autoestima nacional porque las izquierdas son internacionalistas; su definición del mundo y de la sociedad reza lo mismo en cualquier continente y en cualquier latitud. Ellos hablan de y a los proletarios y a los trabajadores del mundo con una misma gramática política.
Los colorados han sentido la autoestima nacional de una forma particular porque noventa años corridos de ocupar el gobierno lleva a eso y un poco lo explica: Colombes, Amsterdam, Montevideo y Maracaná evocan con fuerza… Y también tienen el derecho -aunque no exclusivo- de mencionar un nivel de cultura y un índice de alfabetización que fue descollante en América durante esos noventa años.
Ese nivel cultural quedó atrás, muy lejos atrás; hay que reconocer con dolor. Pero creo que, en un panorama con sus luces y sombras y en el que las aflojadas duelen el doble, esa autoestima nacional se mantiene afirmada en ciertos rasgos que perduran: por ejemplo en aquello de que acá naides es más que naides.
Uno recién se da cabal cuenta de lo que esta expresión encierra cuando ha vivido en otro país, sea de la Europa que todavía arrastra memorias de monarquías y noblezas, sea en cualquier país de nuestra América de descendientes de indios y conquistadores que todavía se miran de reojo una al otro. Acá -y en ninguna otra parte- es natural, no es para la foto, que el tipo que fue Ministro o Senador sea encontrado haciendo las compras en el super o que el Presidente sea visto en la playa. (Los barrios cerrados son la negación incipiente de este Uruguay).
Me gusta la exclamación espontánea de Jorge Batlle; me parece bien que un país se quiera a sí mismo. Sin vanagloria, sin mirar a nadie por encima del hombro. Sobretodo sin mentirse a sí mismo respecto a sus flaquezas.
En nuestro país han aparecido corrientes culturales (o modas) que no solo se definieron por la crítica sino que se solazaron en una mirada burlona al país (al país que los crió, los educó y les dio de comer…) consideraban que eso nos hacía complacientes y nos volvía ineptos para el esfuerzo y la superación. No va por ahí la cosa; no es por querernos mucho -que tampoco es el caso- que no caminamos: quizás sea por no querernos lo suficiente.