Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

Desde la cuarentena

Como una revancha de los dioses a la arrogancia de los humanos de este siglo XXI que nos sentíamos omnipotentes, ha retornado la más primitiva venganza de la naturaleza: la peste. 

La que terminó con Pericles y su luminoso período de la historia griega, la que puso punto final a la vida de Marco Aurelio, el emperador filósofo y un tiempo de grandeza romana.

Hoy, ciudadanos de esta época, desde el retiro de la cuarentena, ¿qué estamos viendo?

UNA GLOBALIZACIÓN SIN GOBERNANZA. Un fenómeno universal, más demandante que nunca de una coordinación internacional, nos muestra sin ningún principio orientador: Europa dividida entre el norte y el sur, EE.UU. errático, Naciones Unidas irrelevante, Brasil y México contradictorios, como perdidos. Solo el Oriente parece tener claridad en la tormenta.

CENTRALIDAD DEL ESTADO. Luego de mucho debatir sobre el rol del Estado, queda claro que ante el desafío colectivo, solo el Estado puede organizar una respuesta. Y, como consecuencia, se vuelve a mirar hacia los tan discutidos políticos, reclamándoles rumbo. El primero, el Presidente de la República, que en nuestro caso ha respondido con una altura acorde con las circunstancias.

DAÑO SOCIAL. La pandemia obligó a detener actividades y, como natural consecuencia, la desocupación creció vertiginosamente. Más de 80 mil solicitudes de seguro de paro miden ese extremo. Al mismo tiempo, se pusieron en evidencia las carencias enormes que heredó este gobierno luego de 15 años de un presunto socialismo que administró la bonanza de precios internacionales más grande de nuestra historia: 400 mil personas al margen de la seguridad social.

CAMBIO DE PLANES. El gobierno llegó con la idea de reducir el déficit fiscal, reformar la educación, abrir mercados internacionales. La pandemia le cambió el manual: debió salir a enfrentar el desafío sanitario sin medir gastos y atender con urgencia las carencias sociales, provocadas por la paralización de actividades, con una multiplicación inesperada del gasto público. La oposición se imaginaba oponiéndose al neoliberalismo (aunque fuera una fantasía propia) y se da de cabeza con un keynesianismo activo y rampante.

LA CIENCIA. Protagonista de nuestro mundo, mostró ahora sus límites. Algo le era desconocido. De todos modos, es la única arma de la civilización para defenderse. Estamos hablamos de ciencia y no de la charlatanería que se escucha con mucho ruido y poca sustancia. Mirando hacia adelante, ¿qué nos espera, qué caminos se abren?

LA RECESIÓN ECONÓMICA. No estamos ante una crisis como la de 2002, que fue un fenómeno regional y básicamente financiero. Ahora estamos ante una tormenta universal, impactante de mo-dos diversos, a la vez, en oferta y demanda. El Uruguay se recuperará, como siempre, con la exportación, pero no va a encontrar un mundo en expansión y la brutal caída de recaudación (de la que poco se habla) costará revertir. Hay luz al final del túnel si no malgastamos el crédito y ponemos el foco en los generadores de empleo. Pero el túnel no será breve.

SALUD VERSUS ECONOMÍA. No podemos encerrarnos en ese falso dilema. Un economicismo tradicional no nos va a dar la respuesta necesaria para la pandemia. Un mesianismo médico puede llevarnos a un hambre de posguerra si no recuperamos el empleo activo. La cuarentena no puede ser eterna. El gobierno lo viene haciendo bien, con una prioridad en salud y una progresiva y pausada recuperación de la actividad.

MUNDO DIGITAL. La tendencia inevitable hacia una digitalización progresiva de la producción y la vida social, se ha acelerado. En tres semanas se saltearon tres años, por así decirlo, en el teletrabajo. Las clases se dan por ZOOM. Los políticos discutimos desde pantallas. Es un salto cualitativo esperanzador pero desafiante. Caerán algunos empleos y nacerán otros. Pero los empleados no serán necesariamente lo mismo. Se hace protagónica la “destrucción creativa” de Sombart y Schumpeter: lo que modula el cambio es la innovación y esta se genera desde las empresas.

DEMOCRACIA Y MEDIOS. Se teme que el éxito asiático, basado en un Big Data que controla la vida en sociedad y persigue cada movimiento, nos llevará al autoritarismo. Es un riesgo, pero la democracia tiene que defenderse con sus armas legales y lo hará. Incluso, no hay mal que por bien no venga, se han revalorizado los medios de comunicación frente a las redes sociales. Ante la emergencia, el ciudadano precisó información veraz y con editor responsable. Volvió a las fuentes, asumió que las redes son un coro desafinado y multitudinario donde cabe todo sin concierto.

Estas observaciones no las sentimos reductibles a la clásica dicotomía optimismo o pesimismo. Para este último basta mirar lo que ha ocurrido ya, en tan pocas semanas, en el mundo y entre nosotros. Pero la reacción del país, desde el gobierno ante todo, permite avizorar un futuro. Desgraciadamente, todavía escuchamos voces que no esconden el deseo de la revancha política. A la vez, sin embargo, alienta ver a la gente de la salud y a quienes siguen luchando para no detener la exportación ni la atención a las necesidades de la gente.

El desafío es entender que tendremos que paulatinamente recomenzar las actividades económicas, no cortar las cadenas de pagos y salvar las empresas en dificultades.

El Estado, guste o no, tiene que ponerse del lado del que preserva empleo, sea grande o pequeño. Si se logra, y es posible, atravesaremos la pandemia y saldremos fortalecidos. El camino no son eslóganes, frases hechas, reclamos imposibles y argumentos mágicos que, invocando la solidaridad, conducen a la miseria.

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