Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Una buena noticia

Después del Consejo de Ministros del lunes pasado, el ministro de Transporte y Obras Públicas informó en rueda de prensa que el Poder Judicial había otorgado al Estado la custodia de la Estación Central del Ferrocarril y de los dos padrones contiguos de la playa de maniobras.

La situación de los edificios es penosa (en algunos lugares linda con lo irreparable). Tanto que en el proyecto de Ley de Rendición de Cuentas se había introducido un artículo en aquel mismo sentido que despertó objeciones jurídicas.

La decisión judicial tiene dos aspectos alentadores. El primero es que permite emprender las reparaciones y la limpieza necesarias para contener el deterioro. El segundo es que, posiblemente, anuncia el desenlace de un intrincado procedimiento judicial que ya lleva demasiado tiempo, en favor de la recuperación del conjunto de la Estación Central para la Nación.

La saga de la Estación Central es, en cierta forma, uno de los ejemplos culminantes de la uruguayez, ese conjunto de características autodestructivas que condensan las peores facetas de nuestro carácter nacional.

La playa de maniobras de la Estación fue cerrada en 1996 y parte de ella fue vendida a Antel para construir la Torre de las Comunicaciones. La Estación Central fue vendida poco después al Banco Hipotecario dentro del marco de un proyecto de urbanización de la zona que fracasó. Allí comenzaron los problemas que ahora parecen estar encontrando una solución. La Estación Central fue abandonada en el 2003. Hace quince años.

En realidad, la decadencia de la Estación Central es un episodio de la historia más amplia de la destrucción, por la acción o la inacción, de una amplia red ferroviaria construida a buen precio, por generaciones. Es extraordinario que un país sin petróleo ni carbón, donde es necesario remediar la excesiva concentración de la población en la capital, y que exporta productos primarios o semi elaborados, haya destruido el ferrocarril. Deliberadamente. Por su acción o inacción. También es poco común que hayamos descuidado a tal extremo el valioso patrimonio histórico y cultural que constituye la Estación Central.

Las estaciones de ferrocarril fueron los grandes monumentos arquitectónicos de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Eran vistas como símbolos del desarrollo tecnológico y económico y del prestigio de sus países. Aquí, la obra proyectada por el ingeniero Luigi Andreoni y emprendida por el Ferrocarril Central del Uruguay, no tenía nada que envidiarle a las que se construían en las grandes ciudades europeas.

Los países cultos mantienen esa herencia en servicio o la han convertido para otros fines. Por ejemplo, la estación parisina de Orsay inaugurada en 1900, hoy es un museo que alberga obras de los pintores impresionistas y post-impresionistas. En Buenos Aires han restaurado la estación de trenes Constitución.

¿Cómo es posible que las mismas personas que viajan al exterior para extasiarse con las bellezas arquitectónicas ajenas permanezcan indiferentes ante el deterioro de nuestro, nada despreciable, patrimonio histórico y cultural que sucede frente a sus narices?

Ojalá que los uruguayos (quienes, al fin y al cabo, somos los dueños de este importante elemento del patrimonio histórico y cultural de nuestro país), podamos visitar la Estación en el próximo Día del Patrimonio.

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