Uno de los argumentos que se manejan para no concretar la coalición republicana como lema común bajo el cual comparezcan diversos partidos, entre ellos el Partido Nacional (PN) y el Partido Colorado (PC), es que tal instrumento debilitaría la identidad de cada uno de ellos.
Se trata de un profundo error. Varios casos muestran que coaliciones permanentes de partidos no impiden que cada uno de ellos conserve su identidad bien definida. Por ejemplo, fue exitosa la concertación en Chile por lustros, y cada uno de sus partidos no perdió identidad por ello. Y aquí, el ejemplo evidente es del Frente Amplio (FA): ni los comunistas, ni los socialistas, ni los demócratas cristianos, entre otros, perdieron sus identidades por unirse bajo un mismo lema en 1971.
Pero hay algo más profundo. Resulta que por décadas y hasta finales del siglo XX, la práctica política hacía que la identidad de cada uno de los partidos tradicionales se definiera en sí, pero a su vez con relación a su adversario político. Se era colorado por un conjunto de valores y de preferencias políticas, pero también porque no se era blanco; y al revés ocurría lo mismo. Como hace al menos cuatro décadas ya que el relato histórico del Uruguay y de sus partidos está en manos de la cultura izquierdista, esa forma de definir a un blanco como un no colorado y a un colorado como un no blanco es algo que se mantiene muy vigente: en definitiva, toda la lógica de acumulación izquierdista se basa desde 1971 en recibir a blancos y colorados que demuestren cualidades progresistas y valía moral, y a la vez dejar alejados a aquellos dirigentes y agrupaciones blancos y colorados que, por conservadores, neoliberales, autoritarios o lo que fuere, no están a la altura de poder integrarse al FA.
En ese esquema general, todo el relato histórico insiste con énfasis en diferenciar a blancos y colorados. La cultura de izquierda, en cada ocasión clave, como por ejemplo los balotajes, agita esas diferencias de manera de favorecer indirectamente el cauce electoral y político del FA. Y todo este asunto ha terminado incidiendo en muchos dirigentes, sobre todo hoy mayores, que conservan vivos recuerdos previos a 1994, como el pacto del Club Naval o el referéndum de la ley de empresas públicas de 1992. No solamente ellos no son nativos digitales, sino que además ni siquiera aceptan a cabalidad la división en bloques de la reforma de 1997.
Si en vez de pensar a los partidos tradicionales como enfrentados y opuestos, se los entiende como liberales, republicanos y constructores del país en base a acuerdos sustanciales que moldearon nuestro ser nacional, todo cambia. En vez de afirmarse en la discrepancia, sus identidades pasarían a definirse sobre bases potentes y comunes. Por ejemplo, en tiempo lejano, la Constitución de 1919, con su laicidad y su representación proporcional; en tiempos duros, la votación de la guerra interna contra la guerrilla de 1972 o la iniciativa del Obelisco de 1983; y en época reciente, la libertad responsable para enfrentar la pandemia que interpretó tan bien a los dos partidos.
Una coalición republicana precisa replantear las identidades de blancos y colorados: repensarlas y adaptarlas al siglo XXI, rechazando lo que sobre ellas propone la interesada cultura izquierdista.