Hugo Batalla, un político distinto

Hebert Gatto

El 3 de octubre pasado se conmemoraron diez años de la muerte de Hugo Batalla con un merecido recordatorio a quien tanto hizo por su país.

Estas líneas no quieren ser otra nota necrológica, ni un análisis de su extensa trayectoria como Diputado, Presidente de la cámara de Representantes, Senador y Vice presidente de la República, sino destacar otra característica menos difundida de su personalidad pública, aquella que lo definió como un político muy diferente de casi todos sus congéneres.

Norberto Bobbio, el gran filósofo italiano recientemente desaparecido, decía que la política no puede separarse del poder. Ella existe como su límite, como la justificación del contrato que crea al estado con el fin de institucionalizar la violencia.

El poder, enseñaba el maestro, puede ser económico, ideológico o político, ya sea que se ejerza mediante el dinero, las ideas o la fuerza. Hay política cuando la fuerza es expropiada a los particulares y puesta al servicio del estado soberano. De allí la célebre definición weberiana del estado como monopolio de coacción.

A esta visión se contrapone otra que concibe la política por sus objetivos o incluso por la legitimidad de los mismos. Para ella, esta es un hacer común, sustentada en la deliberación y la razón cuya finalidad radica en la construcción del ámbito público.

Cuando todos participan igualitariamente y en libertad en esa tarea, la política se define como democrática y por tanto legítima. Democracia que, en esta versión, no depende tanto de su capacidad para articular en decisiones la voluntad de la mayoría, como en su aptitud para intercambiar argumentos a través de la deliberación.

La política se aleja así del poder y la coacción, para transformarse -como sostiene Habermas-, en su opuesto: la voluntad ciudadana de participar en un procedimiento público deliberativo en que los intereses y creencias de todos sienten las bases de "la amistad cívica", generando una cultura donde triunfe el mejor argumento.

Batalla, fue la encarnación de esta concepción, emparentada con su inigualable disposición para la amistad y su capacidad para identificarse con el otro. Una visión presente en la teoría desde Aristóteles hasta Derrida.

No solamente porque fue un excepcional cultor del diálogo, sino porque comprendió como nadie, que la política es también autenticidad, afecto, padecimiento compartido. Y en eso, en el plano de la empatía con el otro, en ese esfuerzo de identificación sobre el que escribió Simone Weil, fue un protagonista como pocos en la historia uruguaya.

En la función pública nunca fue tarea sencilla para los representantes políticos aunar el manejo, necesariamente impersonal de los intereses generales y la abstracción de la voluntad mayoritaria, con el ansia de reconocimiento que con frecuencia impregna la vida de los ciudadanos, particularmente los más desprotegidos, los más carentes de autoestima.

Hugo, como si de todos fuera compañero de viaje, fue un maestro en el arte de superar esa contradicción.

Hoy, en tiempos de extrañamiento y fragmentación política y social, la "amistad cívica", el asumir la sociedad como una "comunidad de amigos", como él supo hacer, es sólo una añoranza.

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